Bertha

Por Bertha Díaz
Universidad de Cuenca

No sé exactamente cómo ni cuándo llegaron a Ecuador Rosa ni Josefina. Presumo fue a finales del siglo XIX. Rosa era chilena y crió en Guayaquil a su nieta Haydée, tras la muerte de su hija al parir a la niña. Como el padre de su nieta era un guayaquileño que había estado en misión diplomática en Chile, Rosa y la infante vinieron a vivir a Ecuador.  Al llegar a Guayaquil, el hombre se alejó cada vez más de sus vidas hasta difuminarse por completo. Rosa crió sola a la pequeña Haydée, quien muchos años después parió a mi padre.  A Rosa Guerra y Paz –ese era su nombre completo– no la conocí más que a través de las páginas de algunos cuentos de mi papá: personaje mítico del que sabemos poco en la familia, pero cuyo nombre pasó a mi memoria como un enigmático sino.

Josefina fue la madre de Ruth. Era jamaiquina. No me es claro si nació en territorio ecuatoriano o era parte de una segunda generación de migrantes. Mi madre, su bisnieta, la recuerda como una anciana mulata muy amorosa que hablaba con su hermana en un idioma que nadie más que ellas conocían (lengua cifrada para una historia también cifrada) y que con el paso del tiempo hemos deducido que es creole.  La hermana de Pina –como llamaban cariñosamente a mi tatarabuela– tenía la piel más oscura que la de ella: la marca afro estaba más intensamente impresa en su cuerpo. No hay registro de nadie más de la familia que las precedía. Fumaban tabaco. También lo masticaban. Ruth –hija de Pina– fue violada por un muy conocido hombre de la alta sociedad guayaquileña a los 16 años. Ese hombre le arrebató a su hijo, mi abuelo, el padre de mi madre. Mi abuelo conoció a su madre a los 18 años, luego de que su padre le insistiera hasta tal momento que él lo había tenido que criar solo, tras morir su madre. En lo hondo de su ser, mi abuelo sabía que algún día iba a dinamitar lo que él sentía era una mentira.

En mi piel morena. Cuando se me estremece el cuerpo al escuchar música afro-caribe-antillana. En mi ser, al percibir las sonoridades de la zona centro-sur de la cordillera de la costa chilena. En los gestos que acompañan mi hablar en los que mi padre reconocía a su hermana, a su madre, a su (bis)abuela: todas las mujeres, todas las razas, todas las lenguas que me constituyen, caminan.

En el 2007 por primera vez fui a La Habana. Cursé un diplomado en estudios de género. Me quedé un mes en la isla. Cumplí 24 años en esos días. Estaba en un momento transicional después de algo más de cuatro años de trabajar en periodismo sobre cultura y arte. Ya no podía más con las lógicas de inmediatez del trabajo en prensa. Sabía que quería seguir escribiendo. No tenía idea de si dedicarme de lleno al arte o si volcarme a lo que secretamente también me pulsaba: el género; por eso me fui a Cuba. La experiencia en La Habana fue tremenda, alumbradora. Al final, seguí en mis andanzas en el territorio de las artes escénicas. Las preguntas sobre el género –sin embargo– siguieron latiendo pero contenidas en una interrogante más compleja para mí, sobre lo que es/puede un cuerpo.

Una y otra vez desde el campo de la escena me pregunto cómo la teatralidad social administra nuestros cuerpos, cómo permite abrir nuestras potencias o reprimirlas-ocultarlas; cómo propicia encuentros, desencuentros, juegos de roles. Asimismo,  cómo las artes escénicas -en la vitalidad que abren en un instante efímero- se vuelven el lenguaje para sustraer a nuestros cuerpos de la teatralidad social dominante y con un gesto difícilmente contenido en palabras, darles lugar, emanciparlos, reconocerlos, provocarles lo que Pascal Quignard llamaría una muda. Dice tal filósofo:

Todo arte es una muda.
El nacimiento es la muda por excelencia
Durante una muda, un cuerpo deja una vieja envoltura.
(…)
En el caso del desarrollo de los humanos, la muda que gradúa todas las metamorfosis es el nacimiento. Puro salir afuera de un continente que no tocaba tierra, vuelto más estrecho por los movimientos del cuerpo que había sido alojado allí, que cae en el elemento que ignora y que cae en la ignorancia que cae[1].

A menudo pienso en las varias mudas vividas por mi bisabuela paterna y mi tatarabuela materna antes referidas. Dejaron viejas envolturas. Un (¿segundo?) nacimiento lo tuvieron al llegar a este territorio. Se arrojaron a bailar la danza de las bailarinas de lo desconocido. La narración completa de su historia no existe. No hay inscripciones de lo que fueron. Se difuminaron sus rostros. Sin embargo, ahí, en el arrojo de sus cuerpos: los halos de la migración, los abandonos, las muertes; los hombres que desaparecen, usurpan, borran; otros pequeños hombres que nacen de ellas, que fabulan, que insisten en erosionar las mentiras que se alzan como verdades oficiales; una lengua que se convierte en el lugar donde intenta erigirse una patria y que, a su vez, se evapora con el aliento. Yo recojo sus fragmentos; no tengo más que ofrecerles que mi propio cuerpo. Mi cuerpo se suma a la comunidad de trashumantes invisibles que ellas y otras tantas constituyeron. Estas palabras ahora son también las de ellas. Me nombran.

En mi cuerpo, en mi historia particular, también hay borraduras, desapariciones, relatos no contados. Habito la música de mi ser sangrando. Herida. Siempre suena la herida. Reviso la partitura de un acto fallido. Repentinamente: escena interior. Él y la capitalización de mi dolor. No hay testigos. El problema es que se grita y no hay testigos.

Arrastrarse. Dolerse. Conducir con los ojos vendados en la noche y matar a todos los perros, los gatos, las plantas. Ya no sé si ese día morí o dormí largo. O todo fue una corriente de agua que cayó de un grifo oxidado. Agua-sangre-óxido. Y otra vez agua y sangre. Cae / cayó todo / caí. No llorar. No lloró nunca. Una y otra vez. Basta. Tonalidad menor. Horas arriesgando la carne. Ya no poder. No poder-poder. No desear–desear. No hablar. Shh. Silencio. Otra vez la noche.

¿De cuántos cuerpos se necesita para que un cuerpo singular pueda emprender el camino a la muda? –me pregunto mientras recompongo estos apuntes sueltos.  Encuentro entre mis notas una frase de Rita Segato:

Sólo las comunidades con tejido social vigoroso, políticamente activas y dotadas de una densidad simbólica aglutinante tienen la capacidad de proteger a todas sus categorías de miembros, mantener formas de economía basadas en la reciprocidad y la solidaridad, y ofrecer un sentido para la vida. Cuando esa opción existe, la muerte como proyecto es rechazada[2].

Recorro en mi memoria las imágenes de las marchas a las que he ido contra la violencia de género, a favor del aborto legal. Marcho por todo lo que viví, lo que han vivido otrxs, por lo que no sé si vivieron pero me parece que puedo entrever/intuir en muchas personas con las que comparto sangre, complicidad, territorios. Reviso las imágenes de las marchas a las que no fui, que se generaron en otras latitudes y que atravesé con emoción desde la virtualidad. Sostengo la mano de mis amigas lastimadas, quiero ofrecer mi mano a las personas que nunca conoceré pero que son víctimas del horror. Oigo el relato de la mujer que me llama y me manda mensajes mientras atraviesa un proceso legal contra un sujeto que intentó asfixiarla (dejar sin voz, sin palabras).

Me despierto, me baño. Respiro profundo. Me estiro. Me alimento con amor y cuidados. Voy a la Universidad a dar clases. Los cursos tienen contenidos y morfologías diversas pero en el fondo siempre insisto tercamente sobre lo mismo: interrogarnos desde la práctica del pensamiento de qué afectos somos capaces cuando estamos juntxs. Combatimos cotidianamente el machismo, el clasismo, la xenofobia imperantes que nos vertebran. Tememos que nuestro combate sea aplastado como se desecha un gesto considerado pueril. Sin embargo, insistimos. Nos abrazamos en nuestra negritud, en nuestros rasgos indígenas, en las diferencias de clase, de edad, en la diversidad sexo-genérica que constituimos… en todas nuestras semejanzas. Imaginamos y ensayamos todos los días distintas formas de vida y con ello –secretamente– la tribu conformada entre nosotros, por los que ya no están, o los que aún no llegan, comienza a aparecer, a dibujarse. La comunidad es cómplice de cada vida unitaria y también de la Vida. “Lo que la vida quiere es perserverar (…) la vida es en su esencia una potencia de transfiguración continua”[3], decía hace poco Suely Rolnik en una entrevista. Meto en el fondo de mi cuerpo esas palabras. Dejo que oxigenen mis vértebras, mis órganos.

Mi muda una vez más, comienza. Las abuelas están presentes y caminan.


Notas

[1] Quignard, Pascal. El origen de la danza. Buenos Aires: Interzona editora, 2007; pág: 105

[2] Segato, Rita. Las nuevas formas de la guerra y el cuerpo de las mujeres. Buenos Aires: Tinta Limón ediciones, 2013. pág 114. 

[3] La entrevista a Suely Rolnik está disponible en el siguiente enlace: http://dystopica.org/2019/05/13/haciendonos-un-cuerpo-insistir-resistir-persistir-con-suely-rolnik/?fbclid=IwAR0ftOm6vCStsZhQvwzU7V4tl18obrp7S2jX5Gn6U4pzlKpaAo4wjn1u5fo

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