Daniela

Daniela Alcívar Bellolio

Decidimos el tema de este Debate a raíz de una discusión en Facebook que ya casi no recuerdo. Algún amo de la cultura escribió en un diario hegemónico que el lenguaje inclusivo era para gente irritada. Como suelen apreciar poco que se les contradiga, se armó un teatro de victimizaciones pasivo-agresivas cuando lo interpelé. Nada nuevo. Estoy pensando que quizá fuimos un poco impulsivas o atolondradas al decidir que un evento tan anodino fuera lo que vehiculara esta sección para nosotras tan querida de la revista. Han pasado meses desde ese momento y me encuentro pensando que estoy muy cansada, que el fin de año está difícil, que vengo sorteando más de dos años de alienación laboral y que mis ganas de escribir no tienen nada que ver con mis fuerzas físicas, mis horas disponibles, mi energía intelectual. Le pusimos al debate el nombre de La lengua que habitamos. ¿Qué lengua habito yo? ¿Cómo hacer de una lengua un lugar habitable? Viví en Buenos Aires por trece años. Entre el día en que llegué a esa ciudad tan idealizada y querida, a punto de cumplir veintitrés años y lanzada a estudiar una carrera de cine sin saber bien por qué (o más bien sabiendo que lo hacía para poder vivir en la ciudad de mis sueños, la ciudad en que la primavera empieza un día y todes se saludan con emoción por ese simple motivo, o así me narró la ciudad Quino cuando tenía ocho años)  y el día en que me fui de regreso a Quito (a duras penas soportando un duelo atroz, con un dolor punzante en la herida de mi cesárea y sin saber qué era lo que me esperaba), diría que casi todo en mí cambió. Casi todo. Me había casado, había hecho una carrera y un doctorado, había comprado y vendido una casa, me había mudado cuatro veces, había encontrado mi forma de leer, había adoptado tres perras y tres gatxs, había militado en la causa animalista, me había quedado embarazada sin querer, había sido madre por veintiocho semanas, había conocido el verdadero pánico en un quirófano, había visto un absurdo ataúd (absurdo por su mínimo tamaño) avanzar sin mí sobre una plataforma con ruedas hacia el horno de cremación. Tal vez lo que quedaba en ese punto de la semi niña que llegó a finales de febrero de 2005 al luminoso y aplastante -pero para mí tan hermoso- verano porteño fuera solo el nombre y el apellido, las manías ahora recrudecidas, el amor por Charly García y Spinetta.

Poco más que eso.

Hasta el último de mis días en Buenos Aires me preguntaron extraños que de dónde era, después de decirme que tengo lindo acento. Odiaba ser extranjera. Odiaba ser exótica. Nunca pude habitar la lengua porteña, aunque la hubiera terminado por conocer a la perfección, por encarnarla sin intención, por pensar con sus giros y sus entonaciones.

Cuando volví a Quito me sentí, en términos de lengua, en una especie de limbo. En términos anímicos, en el infierno. Y no dejé de sentirme extranjera. Aún ahora, que han pasado cuatro años desde mi regreso, a veces me encuentro en el esfuerzo por recordar si la palabra que estoy por decir se usa o no en este país, si no es un resto de porteñidad que está queriendo hacer su aparición, con toda su estela de nostalgias e imágenes intempestivas.

Y con respecto a la llamada lengua inclusiva me ocurre algo similar. Cuando escribo novelas o ensayos no la uso, no sé por qué. No me sale y no quiero. Cuando posteo en redes o hablo informalmente la uso casi siempre, pero me doy cuenta de que en la distracción, a veces, me vuelve a salir el masculino “universal”. No me atormenta, aunque cada vez, confieso, me siento más rara de decir “todos”, “los”, “ellos”. Hace unos meses mi amigo Matías me vino a visitar y se quedó un par de semanas. No lo había visto en unos seis años. Su uso del lenguaje inclusivo me pareció tremendamente fluido y natural. Como pasamos juntes esas dos semanas casi cada hora de cada día, a mí se me terminó pegando también, con más fuerza que nunca. Y volví a escucharme entonar ciertas sonoridades porteñas y escuché a Matías hablar con palabras quiteñas tan fluidamente como tomaba caña manabita: como si hubiera nacido aquí mismo. Fue tan notable la alegría de nuestro encuentro, que cuando se fue me volví a sentir extranjera, aunque no sabría explicar bien por qué: como si en esas dos semanas de estrecha cercanía hubiéramos creado un nuevo territorio, y luego me hubiera visto expulsada. Fue una experiencia extraña que sigue apareciendo intermitente aún, sin previo aviso.

Alicia escribió su debate antes que ninguna y en él habla de Barthes. Yo vengo medio año participando de un grupo de investigación organizado desde el Centro de Teoría y Crítica Literaria de la Universidad Nacional de Rosario sobre ese querido autor, por el que me vuelvo a fascinar una y otra vez. Mi relación con él es plenamente afectiva: no leí toda su obra, tengo grandes lagunas con respecto a ella, sobre todo en su etapa semiológica, y en cambio hay textos suyos que he leído al menos veinte veces, cada vez como si fuera la primera por la fuerza irradiante del asombro y la dicha que me producen. Uno de esos textos es el bellísimo ensayo llamado “Chateaubriand: Vida de Rancé”, incluido en Nuevos ensayos críticos. Es un texto que conozco casi de memoria; lo doy en mis clases y talleres, de ensayo o de lo que sea, porque creo que el encuentro en él del afecto, el estilo y la posibilidad de un saber es asombroso en su potencia y su movimiento expansivo.

El ensayo habla sobre la obra de Chateaubriand que le da título. Pocos autores podrían interesarme menos que Chateaubriand. Lo extraordinario del ensayo de Barthes, para mí, reside en que la escritura alcanza tal nivel de precisión en la enunciación de afectos indecibles, que hace irrelevante el “tema” del que trata. Cuando escribe, por ejemplo, “Chateaubriand sabe muy bien que sobrepasará su vida [por la transcendencia de su obra], pero no es la posible humildad lo que quiere hacernos sentir; lo que la urna, Noruega y el viento deslizan en nosotros es alguna cosa de lo nocturno y de la nieve, una cierta desolación dura, gris y fría, es decir, otra cosa distinta del olvido que es su simple sentido anagógico”[i], importa poco o nada lo que dice del romántico francés: yo me quedo estupefacta ante el sintagma “alguna cosa de lo nocturno y de la nieve”. Decir eso es decir sintética y misteriosamente lo inasible, lo estructuralmente elusivo del mundo, del frío y de la nieve que recubren las urnas olvidadas y los huesos -que son, por el contacto instantáneo que la escritura barthesiana provoca, también, de algún modo, nuestros huesos que algún día han de pulverizarse. Una imagen sin contenido, que ha sido dicha de una sola vez y para siempre, y trae al presente algo de lo póstumo que nos constituye y acorrala cada día y también algo de esa lejanía incesante que es la muerte propia y ajena y también algo de la memoria empecinada y a la vez efímera con que preservamos a nuestros muertos hasta que somos nosotros los que morimos, y luego todo se olvida. Todo eso y todo lo que no puede decirse, pero viene al presente con una fuerza inmensa, en un sintagma sencillo: alguna cosa de lo nocturno y de la nieve. No sé si habito una lengua, pero podría quedarme a vivir en esa simple frase.

Más adelante, cuando ha recorrido ya varios argumentos, todos muy convincentes, que buscan certificar el valor literario de la obra de Chateaubriand, Barthes hace un corte abrupto, más abrupto porque no anuncia un cambio de tema o de dirección, y se pregunta: “Pero, entonces, ¿la literatura sirve para algo?” Y se responde unas líneas más abajo: “Este conjunto de operaciones, esta técnica, sobre cuya incongruencia (social) es necesario preguntarse siempre, tal vez sirva para sufrir menos”. Nuevo pasmo, sin que importe cuántas veces haya leído lo mismo. El lugar del amor en la literatura se resume en este desvío inesperado. ¿Qué función más importante que esta podría asignársele a la literatura? ¿Y qué destreza verbal será capaz de competir con esta deslumbrante sencillez sintáctica? Entonces pienso, recordando carnalmente también las veces en que la escritura fue mi forma de vivir y de sobrevivir, el penúltimo asidero y nexo con el mundo, que la literatura es una cosa que nada vale, por más virtuosa y sofisticada que sea, si no es capaz de ayudarnos a sufrir menos. “No sabemos -escribe Barthes- si Chateaubriand obtuvo algún placer, alguna tranquilidad por haber escrito la Vida de Rancé, pero al leer la obra y aunque Rancé mismo nos sea indiferente, comprendemos el poder de un lenguaje inútil”.

Uno de los argumentos del señor que escribió en el diario en contra del lenguaje inclusivo era que no sirve para nada, que no cumple ningún propósito. No es mi intención hacer hablar a Barthes a favor del lenguaje inclusivo. En su estela, creo que el trabajo de no permitir que los sentidos coagulen, que la novedad radical (considero a los feminismos novedades radicales, y esto nada tiene que ver con la actualidad sino con su potencia revulsiva, con su pulsión de interrogación jamás agotada) se pegotee y se convierta en doxa y sentido común, creo que ese trabajo es constante y que muchas veces caemos en la trampa de convertir en identidad fija aquello que no puede ser sino diferencia originaria, autodiferencia. Quiero decir que quizá la “inutilidad” del lenguaje inclusivo sea algo a lo que aferrarse, porque señala una necedad primordial, un movimiento que no cesa, un lugar inestable que tendremos todo el tiempo que reinventar. Hacer de la vulnerabilidad no un poder, sino una potencia, no una identidad, sino una fuerza que no se deja nombrar y que está migrando, todo el tiempo, sin cesar, hacia el límite de sus posibilidades, para luego mutar y convertirse en otra cosa.

Antes de empezar a escribir, pensé que iba a hablar con rabia de la situación que atraviesa en este momento el país. De cómo estamos viendo impotentes el derrumbe programático de todo lo que nos rodea, la destrucción sistemática de la vida en todas sus formas. De las medidas fascistas que nos están imponiendo, de la desesperanza profunda que se respira en este aire andino, del racismo desatado de los medios de comunicación, de la impunidad pasmosa, de las matanzas y la represión, de la tristeza que viene con la miseria, de las familias que se refugian en las esquinas y mendigan el pan, de la desfachatez de la nunca suficientemente denostada clase dirigente ecuatoriana.

Ya encontraré una lengua que me permita hacerlo sin añadir ruido al ruido, que no desvirtúe mi cansancio y el dolor de los demás, que muestre de algún modo todo eso que ocurre y observo desde un silencio embrionario.


Nota de pie

[i] En este pasaje, Barthes se refiere y responde a un fragmento de la Vida de Rancé que reza: “Para mí, por más consideración que pueda sentir por mi mezquina persona, sé muy bien que no sobrepasaré mi vida. En las islas de Noruega se desentierran urnas grabadas con caracteres indescifrables. ¿A quién pertenecen esas cenizas? Los vientos nada saben”.

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