Bertha

Bertha Díaz
Universidad de las Artes

Empiezo a tejer la piel de este texto mientras a través de un altavoz se emite un anuncio en una lengua que no alcanzo a entenderla. Sin embargo, la siento: fría de temperatura, algo áspera, apretada en sus sílabas, misteriosa en su complejidad; me toca su extrañeza. Aunque no me convoca, se cuela en mí y llena este espacio.  El paisaje exterior es gris y lluvioso: esa lengua que mi oído roza es evidente extensión de este cuerpo geográfico que transito. Es el final del otoño. Atravieso una carretera que me conduce de Varsovia a Cracovia.  Mientras esto acontece, converso con mi compañero de colectivo escénico. En los meses previos que nos han implicado reflexiones en y desde el teatro físico para ser parte de un encuentro pedagógico-teatral de tal línea en este contexto, hemos vuelto a apuntes y conversaciones que nos han arrojado a varios referentes; entre ellos: el mimo corporal Étienne Decroux y el coreógrafo Rudolf Laban. En dichas lecturas hay unas pistas interesantes que nos interpelan más allá de la investigación precisa que nos trae a este viaje a Polonia. Por ejemplo, una estudiosa que hace un análisis comparativo entre ambos autores, la vasca Iraitz Lizarraga, se detiene en una observación: el pensamiento se apoya en algunas partes precisas del cuerpo para poder expresarse.  Estas son habitualmente los brazos y el rostro. Involucrar otras partes como el tronco, la pelvis o ciertas periferias corporales más al detalle para que el pensamiento se apoye incluye un esfuerzo extra-cotidiano y, por ende, un riesgo en la forma en la que emergen gesto-acción-representación-relación, deducimos en nuestra charla.

Ir hacia esas y otras partes incluso las menos tomadas en cuenta, para zurcirse a los actos de expresión pensante, genera una negociación compleja que implica aceptar algo que la trama social nos hace evitar: la pérdida conocida del manejo de sí. Nosotrxs, en el colectivo, por ejemplo, nos hemos detenido durante el último año en las manos y en lo que ellas constituyen anatómica-física-filosófica-simbólicamente, con el deseo de reformular el vínculo propio con el tacto, la escritura, con el modo en que tocamos el mundo y, desde esa lógica sensible, construir otras posibilidades dramatúrgicas.

Se trata –divagamos- de soltar los puntos que constituyen la red del eje que nos mantiene de pie y frente a lxs otrxs, pero también ‘de cara’ a nosotros mismxs, para ir hacia aquellas partes de nuestros cuerpos que hemos tiránicamente sacado de los circuitos físicos del performar. Ello empuja a aceptar la desarticulación del cuerpo, y, por ende, del ‘yo’ que el sistema artístico, pero también que el sistema de interlocución social exige que sea cada vez más claro y aclarante.

Siguiendo ese hilo nos venimos preguntando cuáles serían esas partes del cuerpo que queremos que acompañen al pensamiento, cuáles olvidadas requerimos traer hacia nuestra conciencia física para entrenar-cuidar-observar y así el pensamiento se apoye, se exprese, pero también sea en sí mismo materia y locución vivificante. La interrogación rápidamente desborda los oficios escénicos, se mueve a rodear y reinstituir –temporal y precariamente- el obraje de ser personas, el obrar en y entre nosotrxs y con lxs otrxs: nuestrxs estudiantes, nuestrxs compañerxs de trabajo, pero también nuestros amores, parientes, amigxs, desconocidxs, seres de otros reinos, conceptos, materiales, objetos, arquitecturas, que hacen o hicieron red con nosotrxs o que la harán; y también con aquello y aquellxs que nos confrontamos, disidimos.  

Pensar y expresarnos apoyadxs en el equilibrio precario, digo. Me atrevo a elucubrar: salir de la posición física familiar, permitirnos llevar el rostro desencajado, desencajar de lo social sin pena alguna. Extraña y repentinamente, la génesis de un cuerpo desconocido tanto en lo singular como en lo social se produce y nos produce en movimiento constante, nos reorienta el eje de nuestros modos de sostener la mirada, de emitir la voz, de prestar oídos, de estar con otrxs.

Perder el eje nos saca de la capacidad de respuesta intelectual-racional que domina y nos invita a abrir un canal otro al gobernante. La discusión que no se sustenta en dar respuesta a la autoridad-autoría hace, por rebote, que la alteridad se torne visible, audible, táctil y se re-eroticen nuestras prácticas vitales, conviviales (hay que recordar que Eros también era llamado Eleuterios, “el libertador”, tal comoDioniso).

Marina Garcés, en Común sin ismo nos dice “olvida las palabras que se adecuan demasiado bien al ruido que nos ensordece y anestesia. Busca las que lo interrumpen, aunque para ello tengas que enmudecer” (49),  pero para buscarlas, añado al calor de estos apuntes que mencionaba, toca re-buscar un modo de estar en sí y para sí. Sumergirme en una indagación por fuera de los puntos oficiales de mi propio cuerpo es un pacto para invocar renovadas genealogías del decir (no solo oral, sino en su amplio sentido)  y así propiciar insólitos modos de relacionarme.  Olvidar las palabras requiere un pacto en su antesala: soltar el cuerpo codificado, desautomatizar los sentidos, sentir lo sensible que vibra detrás de lo evidente y, así, disponerse al acto de entregar nuestra piel como transductora de dicha potencia.

¿Dónde comienza a reformularse mi vínculo con la lengua que habito: esta lengua, la lengua escénica, la lengua de la escritura, la lengua con la que me lanzo hacia lxs otrxs y me digo y desdigo a mí mismx? ¿Qué me permite vehicular el acto del decir de un modo radicalmente (es decir, desde la raíz) distinto al que mi educación racionalista me incita, a la que mi moral, mi educación sentimental y política me abocan? ¿Qué comprende genuinamente un discurso labrado desde unas micro-políticas de la vulnerabilidad? ¿Qué posibilidad existe de labrar una relación con la lengua (las lenguas que uso, que me hablan, que se cruzan en mis rutas) que despierte una oportunidad de ser alguien que no sabe, que no gana, que se fuga, que no tiene la respuesta, que quiere tocar un sentido que siente aunque sea indómito, una lengua que no conoce en un camino de quién sabe de qué ciudad a qué ciudad, que disfruta más del entre que del destino? Me dispongo a deshabitar como lo he hecho esta y tantas lenguas, a trazar una ruta para tocar mi propio cuerpo de otro modo. Me resbalo. Equilibrio precario, vuelvo a subrayar en estas notas, con mi cuerpo. La tarea: descubrir recovecos adormecidos que sostienen potencias no hurgadas. Permitir que dichas fuerzas atraviesen mi lengua. Balbucear como ejercicio insistente hasta que acontezcan nuevamente los decires: con todo el cuerpo, con todos los cuerpos con los que me enlazo.


Textos citados

Garcés, Marina. 2014. Común (Sin Ismo). México, España: Pensaré cartoneras.

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