La intimidad frente a la pandemia (contra-necropolítica)

Christopher Eric Garcés
Universidad San Francisco de Quito USFQ

Tal vez lo viste también. En mi caso, recibí el tilín de WhatsApp muy temprano en la mañana del 31 de marzo; mi pana el filósofo, me despertó sin preámbulo para que echara ojo sobre el signo de un : : : innegable : : : colapso : : : “Cadáveres empiezan a aparecer abandonados en varias esquinas” : : : así lo señalaba el enlace de El Universo. Y allí estaba.

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La fotografía de la portada registró lo que había llegado a nosotros e indudablemente a todo el público ecuatoriano, embalado en un plástico negro de basura.  Cinta de policía se extendía alrededor de una esquina en el corredor, la figura oscurecida, por lo que parecía “cualquier” vereda, cubierta en el Centro de Guayaquil. Era difícil mirar al cuerpo. Pero el detalle extraño que daba singularidad a la foto para mí era el letrero, colgado arriba y semi-visible; decía… “offee”. 

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Pegado a la fachada detrás, confirmó mi sospecha, era la conocida cafetería corporate, símbolo del modelo urbano privatizado quizás más exitoso de la época de la política de regeneración urbana.  Miré el corredor de la ciudad otra vez en la fotografía, discerniendo paulatinamente los edificios al fondo y al lado. Y mis iris saltaron nuevamente de pánico al ver el “offee”.   Ya me había despertado. Ese instante marcó el momento cuando la pandemia consumió tres días enteros en una neblina que veló el tiempo hacia futuros no reconocibles. Aunque vivo actualmente en Quito, la foto se tomó debajo del edificio donde está mi departamento. El cuerpo tirado allí: : : a unos treinta pasos, máximo, de la entrada donde radicara mi vida ecuatoriana.

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No importa donde estés o cuando quieras entrar (o tal vez, cubrirte en profilaxis de las lecturas sobre la dichosa “Emergencia sanitaria,” las últimas semanas se manifiestan como una brecha de nuestra intimidad.  Precisamente en Sweet & Coffee era donde mi pelada me vio por primera vez; donde pasaba horas leyendo y escribiendo para mi doctorado, reseñando mis experiencias etnográficas de los archivos guayaquileños; donde mi mamá declaró su amor por el cappuccino, y se sentaba, como otros veteranos, maravillándose frente a las ventanas “por la transformación de la ciudad”; y donde, por supuesto, compraba yo humitas porque mi experiencia con el entorno, mediada por el aire acondicionado para los tipos y tipas sobrevestidos, siempre requería algo más salado y menos dulce. 

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A ver. Si Roland Barthes una vez denominó a la fotografía como una curiosidad de la memoria, por como se aproxima a instantes tecnológicamente condicionados, atrapados en el tiempo—y por ende muertos—, lo que ha pasado frente a Sweet & Coffee cruelmente desafió su desafío. El “punctum” de cada foto para Barthes era el detalle quizás no “principal”, pero era aquello que brindaba una vida íntimamente personalizada, la materia que daba sentido a una imagen. Se habla de un truco visual con respecto al espectador y a su mundo, o a una persona en su órbita, que ya no existe en la actualidad, sino, quizás, ontológicamente: la sombra elemental de la convivencia que marca una vida, por no decir una perspectiva. 

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Pero hoy en día el punctum en Guayaquil, su papel como generador de biografías sensoriales, parece más bien una forma de necromancia perversa; porque estamos hablando de los muertos así de fácil, cuando se han desgarrado de nuestros brazos tan recientemente; porque, hoy en día, se puede decir que la relación entre la imagen y su intimidad se muestra al revés, ya que los muertos problematizan y dan vida al “detalle clave” de nuestros entornos. 

Y he estado equivocado, como siempre. 

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La brecha ética tan monstruosa de nuestra ciudad reside en el aparente hecho de la incansable profusión y anonimato de los difuntos, en lo plural, cada vez más acumulados fuera del alcance de nuestro cuidado; pero la muerte así de prófuga aniquila nuestros ambientes-imágenes más cercanos, esos espacios y personajes externos más íntimos o centrales a nuestras vidas, y asimismo la arquitectura de nuestra cotidianidad. 

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Se habla incansablemente del número de muertos. Mapas digitales de la ciudad que ponen en relieve la dispensación de tragedias familiares. Crecimiento exponencial del contagio. Bajando —¿reprimiendo?— la curva de la mortalidad.  La vida sometida a intervenciones de bioseguridad, o el supuesto caso omiso del estado. Hay que contar a los fallecidos, nos decimos, pero las innumerables falencias tecnológicas, logísticas, y las maniobras de expertos en control, nos trastornan cuando los cuerpos echados, sin número, se desvanecen luego. La sociología de la burocracia dice: la rendición de cuentas te hace rendirte—si cuentas o no—, y ya nos han expuesto— como meros números dentro de la Realpolitik. Materia prima centrífuga, tan fácil de manipular. No nos parecemos a ningún ejercicio académico, o político. Pero, ojo: ¡la mirada internacional todo lo vigila!  ¡Hay que escapar!

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Y, a pesar de todo, cada uno de nuestros queridos fallecidos lleva un nombre, o múltiples nombres—una verdad singular que no se puede descontar o sustraer de nosotros mismos. Cada vida desperdiciada, digo, ha de figurar o aproximarse como el nomos de Guayaquil—presente y futuro. 

“El epicentro nacional” no se refiere a un desastre natural. Así afirmó el director de escena guayaquileño, Santiago Roldós. Como diría el comparativista global y filósofo de Camerún, Achille Mbembe, lo que pasa en Guayaquil tiene un nombre, es la necropolítica:  la producción y administración de cuerpos expuestos a la muerte. Emblemático de una soberanía que exige vidas como materia prima, la necropolítica esconde al aire libre la productividad discriminatoria de la democracia liberal—sea ésta neocapitalista o neosocialista, que tiende a radicarse en el Sur Global—, y revela la lógica inmanente de nuestro racismo más vital. 

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Pensaron que “la cultura del mande” callejera de Guayaquil, herencia de las encomiendas – luego haciendas – luego empresas – grandes o pequeñas – aquellas que consumen todo el aire interpersonal e  “intercultural”, solo iba a ofrecer ciertas opciones del menú de mercancías.  Sin embargo, resulta otra manera de vivir, intrínsecamente bifurcada.  

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Ahora, y por todo el país, se escucha una demanda nacional doble: ¡que los guayaquileños se expongan al hambre del toque de queda!; o ¡que se expongan a la fuerza policial!, y sirvan como un vector del brote y la muerte de todos—¡de todos!—, por intentar vivir en la época del coronavirus. 

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Por lo menos, y ahora en nuestro Ecuador, el nombre de la necropolítica es “la informalidad”. Pero tenemos un gran secreto. Los guayaquileños saben los nombres que están detrás de los nombres; porque la informalidad es el nombre de los nombres de lo que no se puede nombrar, la implosión de todas las vulnerabilidades calladas y modalidades de supervivencia “fuera de su lugar” frente al mundo de la circulación legítima de productividad.

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Tal vez ya—por fin—no hablemos con tanta confianza académica sobre la distinción entre la biopolítica y la necropolítica, como si fueran tan aclaradoras, tan provocadoras, tan total—verdades binarias e inmanentes de nuestra ontología política. Como si no hubiéramos necesitado otras herramientas analíticas. Como si nuestra zona de impacto no produjera una ruptura de un estallido tan singular que no nos habría requerido recoger ciegamente los pedazos de nuestra envoltura de mortalidad. 

En fin, hay mucho que aprender, y aún más que enseñar, a la teoría de la necropolítica desde la geografía moral de nuestro dichoso“GKILLCity.” La muerte sigue siendo un ente extranjero pero ya revelado como el ser más íntimo entre nuestros lugares más conocidos.

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