María Auxiliadora

María Auxiliadora Balladares
Universidad San Francisco de Quito USFQ

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Desde octubre del año pasado hasta el sol de hoy, vivir en Ecuador ha significado, para muches de nosotres, la cercanía al horror, mirarle a la cara o padecerlo en el cuerpo. Como si se tratara de un único soplo de largo aliento, tanático y destructor, hemos sido los testigos “privilegiados” de los trabajos de la muerte. Durante el paro de octubre pusimos el cuerpo, salimos a la calle, protestamos, nos tomamos de la mano para caminar o correr, compartimos el pan y la avena, gritamos al unísono, exigimos al gobierno desmontar su empresa facista y responsabilizarse por los muertos. Hoy, nuestros gobernantes siguen fallando y evidencian su incapacidad de responder a la crisis provocada por la propagación del coronavirus en nuestro país –en particular, en Guayaquil. El actual gobierno ecuatoriano ha dejado claro desde hace tiempo cuáles son sus prioridades y sus intereses: no hay alineación posible entre sus acciones y el bienestar del pueblo. Este gobierno nos ha fallado (menos a aquellos –los de siempre, verbigacia los tenedores de deuda– cuyos intereses ha protegido con uñas y dientes). Nuestra soledad de hoy está marcada por este primer abandono imperdonable: el Estado en la figura del gobierno nacional de Lenín Moreno nos ha dejado a la buena de Dios. Creo que no hay imagen más representativa de esa soledad, más terrible tampoco, que los despojos de las miles de víctimas por la pandemia en Guayaquil.

Los cadáveres no recogidos de sus domicilios por días, los cadáveres extraviados en el marasmo de un sistema de salud pública inútil y colapsado desde el vamos, los cadáveres insepultos sobre las veredas bajo el sol inclemente de Guayaquil, los cadáveres de los médicos que perdieron la vida por no contar con la protección adecuada, los cadáveres que ahora no podemos honrar, esos cadáveres de quienes tuvieron un nombre y fueron amados y ahora son despojos anónimos: los miles de cadáveres de quienes no alcanzaron un respirador, la atención o la medicina adecuada, nos dejan anclados en el estupor y con la extraña sensación de una vivencia que no nos corresponde y que nos resulta anacrónica, con un amargo sabor de boca al constatar que la realidad vence, una vez más y con creces, a la ficción o al mito. Y a pesar de eso, como niños que necesitan oír cuentos para darle cierta estructura a su conocimiento del mundo, volvemos siempre a ellos –a la ficción y al mito– para tratar de entender la devastación. Quizás por esto, todo el dolor sobre la tierra hoy no ha dejado de parecerme hermanado con el de Job, el fiel y bendecido servidor del Dios del Antiguo Testamento. En este libro, Jehová otorga a Satán el permiso para infligir un sinnúmero de padecimientos a Job y de esa manera probar su fidelidad y entereza. No me interesa remitir aquí a la constancia en la fe de la cual un personaje como Job –que lo perdió todo: mujeres, hijos, fortuna– es la representación alegórica en cualquier hermeneútica tradicional. Quisiera volver sobre la lectura delicada y profundamente política que hace Antonio Negri de este personaje bíblico.

Negri empieza la escritura de Job: la fuerza del esclavo a inicios de los ochenta, mientras cumplía una condena en la cárcel por motivos políticos. En el “Prefacio a la edición francesa”, el filósofo italiano refiere que, preso y viviendo la derrota de la izquierda, la forma de resistencia que encontró a su alcance fue interpretar “el estado de sufrimiento”, y con este propósito en mente el personaje de Job se le reveló como un modelo del cuerpo y el alma que reciben padecimientos inimaginables. A Negri no le interesa reflexionar sobre Dios y sus atributos, no le interesa hacer una teodicea, sino alcanzar un camino de liberación a través de esta interpretación. Para Job, todo el sufrimiento padecido –como para el propio Negri su encierro– conecta su cerebro con su cuerpo: “Job es siempre un cuerpo, aun cuando su discurso llega a hacerse metafísico y lo es más aún cuando descubre la inconmensurabilidad de la distancia que lo separa de Dios. Precisamente en esta situación de distancia absoluta, en la falta total de toda medida, comienza el cuerpo a cuerpo entre Job y Dios” (15).

En su morosa lectura del libro de Job, llega a observar a un personaje que se distingue de aquel que la tradición nos ha mostrado sumiso y que todo lo acepta sin atisbo de protesta. El Job de Negri se erige ante tanta inclemencia padecida por su cuerpo, ante la muerte de su familia, ante la pérdida de todo lo que constituyó su vida, y con ironía eleva su reclamo a Jehová:

O mirando al sol cuando brillante nacía
o la luna en su mayor claridad,
¿se regocijó interiormente mi corazón
y apliqué mi mano a la boca…
lo cual es un delito grandísimo
y un renegar del altísimo Dios?         

(Libro de Job, 31:26-28, citado en Negri)

Negri insiste en el reclamo sarcástico a Dios, porque la agencia de Job es fundamental para pensar en su redención. Muerto ese Dios al que eleva su reclamo, Job puede acceder a un nuevo orden (esta es la llegada del Mesías en palabras de Negri, un Mesías que no es una existencia externa a Job, sino que nace en él y es para él). Esta redención, que es posible solo a partir de la experiencia del padecimiento absoluto, propicia que Job renazca y, en esa nueva vida, pueda darle un doble sentido al dolor: la necesidad de hablar sobre él nos permite hacer comunidad y el dolor activa la potencia de la creatividad.

Si es que la humanidad pospandemia se erigiera sobre estos dos fundamentos del sentido otorgado al dolor, si encontraramos las maneras de devolverle el rostro y el nombre a los cadáveres, si recuperáramos el lenguaje para hacer nuestra propia narración, podríamos restituir para la existencia la medida perdida a causa de tanta muerte y destrucción. La incredulidad a veces es apabullante. Hay días en los que siento que, cuando se reinstale la “normalidad”, volveremos a desplegar nuestras miserias y replicaremos hasta el infinito las formas de infligir dolor a los demás, porque no habremos aprendido sino a replicar el daño. Hay otros días, sin embargo, en los que la fe en el amor, la vivencia misma del amor y la certeza de su potencia me permiten vislumbrar un horizonte vital cargado de luz y alegría.

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No me ruegues que te deje y que me aparte de ti; porque a dondequiera que tú vayas, yo iré; y dondequiera que tú vivas, yo viviré. Tu pueblo será mi pueblo y tu Dios será mi Dios. Donde tú mueras, yo moriré; y allí seré sepultada. Así me haga el SEÑOR y aun me añada, que solo la muerte hará separación entre tú y yo.

(Libro de Rut, 1:16-17)

Siempre me ha parecido que la fuerza de las palabras de Rut no radica esencialmente en el hecho de asumir el cuidado de su suegra Noemí, quien a la muerte de su hijo –el esposo de la joven moabita–, le pide volver a su tierra junto con sus padres. El cuidado es parte de este entramado afectivo y no es un componente menor; sin embargo, estas palabras son trascendentales y se concretan en la acción, no porque así cumple con lo que se espera de una buena hija –en su caso política–, sino porque en ellas despliega toda la potencia de su propio deseo: permanecer al lado de Noemí es la más profunda aspiración de Rut. Amar, aspirar al amor –para así hacerle frente a la muerte y la adversidad–, pero no a un amor exterior a nosotres, ese que llega imponiendo un deber ser y termina transformándose (quizás porque nunca fue amor) y reproduciendo el horror, sino el amor que nace en el centro de nuestros cuerpos y se expande haciendo de la vida su reino.


Textos citados

-Biblia (versión Reina Valera actualizada). Libro de Rut. Acceso desde: https://www.biblegateway.com/passage/?search=Rut+1&version=RVA-2015.

-Negri, Antonio. Job: la fuerza del esclavo. Buenos Aires: Paidós, 2003.

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