Nuestro malestar

Giulianna Zambrano
Universidad San Francisco de Quito USFQ

I stand in another world.
Not the past not the future.
Not paradise not reality not

A dream.
An other competence.
Wild and constant.

And who knows why it exists.”

Anne Carson

Pienso en este texto sentada en el piso de la cocina. Hace frío. Desde hace algunos días es un espacio que habito con frecuencia. Me apoyo entre los cajones y el horno, estiro las piernas, a los pocos minutos se hielan, voy sintiendo cómo tengo que reacomodarme seguido, cómo se me entumecen las nalgas y me duele la espalda. Aquí, parece todo más claro.

He pensado recientemente en los momentos en que ese espacio del piso de la cocina me imanta. Es una práctica solitaria que aparece especialmente en momentos de extrañamiento. No es raro que sea el caso de los últimos días. Una amiga me escribe que en estos días se ha caído con frecuencia y que odia las inversiones en el yoga pero se la ha pasado de cabeza, lo siento como lo más natural, me da algo de tranquilidad.

Tengo alrededor de diez estados de ánimo diferentes en el día y momentos en los que casi no entiendo el paso del tiempo. Le digo a otra amiga, ya vamos en el día 35, y ese 35 se presenta como una experiencia del tiempo inasible.

No imaginé la falta de ataúdes para nuestros muertos, escribí en mi cuaderno hace dos semanas. Y después no escribí nada. Las cosas no han dejado de extrañarme.

Pienso en las formas de apoyo a las personas que no pueden quedarse en casa, pienso en el desespero de sentirlas limitadas, pienso en la importancia de que existan esas formas, de que llevamos mucho tiempo construyéndolas y defendiéndolas, pienso en la fuerza creadora de las que nos inventamos, pienso en las vulnerabilidades, pienso en esta incomodidad con nuestro presente que nos junta, pienso en la potencia del afecto y de afectarse, pienso en el cuerpo que anhela el tacto, pienso en las dudas, pienso en la tristeza, pienso en el desamparo, pienso en la risa, pienso en la desigualdad, esa preexistencia, de las condiciones materiales para sobrellevar la pandemia, pienso en la muerte, pienso en el duelo, pienso en gestos desobedientes, pienso más que nunca desde aquí, desde este piso incómodo y frío. No pienso en el futuro, o lo hago muy poco. Pienso en lo que está ocurriendo, en cómo se siente. Pienso en este insistente malestar.

Para Suely Rolnik, el malestar en la subjetividad resulta de una tensión entre dos movimientos. Por un lado, una pulsión vital que necesita materializarse en nuevos modos de existencia y, por otro, un movimiento que “la empuja a la conservación de los modos vigentes, en los que la vida se encuentra temporalmente materializada y la subjetividad está acostumbrada a reconocerse en su experiencia como sujeto”.[1] El malestar, en este sentido, es provocado por una pulsión vital que necesita otra forma de ser en el mundo para potenciar su fuerza creadora. La subjetividad tiende, por políticas del deseo reactivas que Rolnik considera resultantes de la colonización capitalista de nuestro inconsciente, a patologizar el malestar, mermando aun con más violencia la pulsión vital que busca la transformación o germinación.

Ante el malestar frente a una experiencia “fuera-del-sujeto”, la subjetividad busca una especie de chivo expiatorio, una otredad, una diferencia, para expulsar el mal. Pero, Rolnik propone la gestión colectiva y creadora del malestar para permitir la germinación de otros mundos; nos invita, como ejercicio micropolítico, a entrar y permanecer allí para poder imaginar las estrategias colectivas de duda frente a nuestro propio deseo.

De ahí que qué nos hace sentir mal y qué deseamos sean preguntas urgentes que tenemos que reapropiar y politizar en este presente.

Muchas de las situaciones que han hecho en nuestro país a la pandemia más terrible que en otros lugares, son el desamparo en el que se encuentran personas expuestas a una vulnerabilidad mayor por un sistema de salud precario, por altas tazas de informalidad, por la pobreza, por una desigualdad que sostiene el bienestar de unos pocos a costa de la explotación y la precariedad de muchos.

Esto nos compete. Es nuestro malestar. Más que nunca, el alimento, la salud pública, las formas de cuidado, el sistema mortuorio se revelan como lo que son: personas, vidas. Y en la medida en que son personas en este mundo común en el que estamos, como diría Marina Garcés,[2] su malestar es el nuestro. Asimismo, nos compete la responsabilidad que deriva de entender que el virus, más que un mal que tiene que ser destruido para dar fin al malestar, resulta de las condiciones en las que nos hemos relacionado (porque no, no apropiamos el mundo) con el mundo, con las vidas no humanas de cuyo bienestar también depende el nuestro.

Qué hacer frente a este malestar es una pregunta que tiene que ver con la acción, pero, sobre todo, con el trato desde sentirnos personas implicadas. Como sugiere Garcés, resulta imperioso “preguntarnos cómo tratar las cosas, cómo tratar al mundo y a nosotros mismos. El trato no es un programa de acción sino un modo de relación a la vez activa y receptiva, que contempla precisamente la necesidad de atender a la potencia, nunca del todo previsible, de cada situación.”

¿Cuál es la potencia de esta situación?

Quizás frente a este malestar, compartimos el deseo de que la vida siga. Pero lo que la experiencia de este malestar nos va revelando son las formas en las que el capitalismo, el patriarcado y la violencia han estado asfixiando la vida, mucho más que el virus. También, nos devuelven la sospecha frente paradigmas inmunitarios individualistas. El trato a la vida y a los cuidados surgen como la base sobre la cuál cuestionar nuestro deseo, evitar que, como sugiere Rolnik, “las acciones del deseo regidas por una micropolítica reactiva” nos lleven a la “disminución de la potencia de la condición de viviente”. Este malestar nos afecta, nos cruza el cuerpo, aun más que el virus, de ahí que la potencia de la situación sea pensarlo hasta que nuestro deseo esté a la altura de la vida, de la vida digna.

¿Qué acaso no está nuestro propio deseo implicado en la realidad superabundante que se nos presenta en estos días?


Notas al pie

[1] Suely Rolnik. Esferas de la insurrección. Apuntes para descolonizar el inconsciente. Tinta Limón: Buenos Aires, 2019.

[2] Marina Garcés. Un mundo común. Edicions Bellaterra: Barcelona, 2013.

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