Resonar entre salvajes

Ana Harcha Cortés

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Les expulsan de sus casas./ Les acosan./ Les prohíben casarse con personas de los territorios ocupados./ Les espían desde el aire./ Les controlan los desplazamientos./ Les quitan el agua de las napas subterráneas de la tierra./ Les destruyen hospitales./ Les destruyen escuelas./ Les disparan./ Les quitan su mercadería y medios de producción./ Les bloquean el paso./ Les bombardean./ Les torturan./ Les lanzan encima a perros furiosos./ Les niegan el derecho a trabajar./ Les niegan el derecho a votar./ Les destruyen sus casas./ Les destruyen sus huertos./ Les destruyen sus árboles./ Les destruyen sus naranjos./ Les destruyen sus olivos./ Les desplazan./ Les encierran./ Les pasan bulldozers Caterpillar por encima./ Les quitan la tierra./ Les golpean./ Les invaden./ Les invisibilizan./ Les acribillan las cisternas de agua./ Les destruyen los caminos./ Les cortan la señal./ Les espían los mensajes./ Les cortan la luz./ Les destruyen los sistemas de comunicación./ Les inhabilitan los aeropuertos./ Les saquean los símbolos culturales./ Les saquean los símbolos políticos./ Les encarcelan./ Les expropian los gestos políticos./ Les sitian./ Les exponen a la peste./ Les hambrean./ Les exilian del lenguaje./ Les mienten./ Les manipulan./ Les matan.

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Han regado la tierra con sangre. La sangre, absorbida por las raíces de los árboles, ha vuelto roja toda la savia de los árboles. Un día, al partir una aceituna se derramará un chorro de sangre. De niños. De niñas.

***

Las piedras han sido testigos. Las piedras. Las piedras han organizado un ejército de resistencia. Sumud. Le han llamado. Se lanzan, feroces, contra los blindados.

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—¿Qué lugar es ése?
—El lugar de una colonización mortal.
—¿Qué lugar es ése?
—El lugar de un grito bárbaro, salvaje, que no calla.

Devenir intifada

La cuestión palestina ha vuelto a emerger en la esfera pública en el último período, a raíz de los nuevos ejercicios de violencia puestos en práctica por el Estado sionista de Israel sobre la población del barrio de Jerusalén Este, Sheikh Jarrah; y una vez más, sobre el pueblo de la cárcel a cielo abierto más grande del mundo, Gaza, en donde la última ofensiva israelí asesinó a más de 60 niños y niñas.

Esta emergencia ha generado gestos sinceros de solidaridad, de parte de organizaciones, colectivos, activistas, y en menor medida naciones, así como algunos gestos de buena crianza de parte de potencias mundiales que históricamente, en los últimos 100 años, han colaborado con la construcción de esta violencia, pero que de cara al concierto internacional, realizan hoy gestos de diplomacia. Posiblemente esto último no pasará de eso. De un decir, tibio, sin consecuencias, ni compromisos, en contra de uno de los más radicales y brutales actos de colonización del último siglo, fundamentalmente, porque es posible que cueste hablar radicalmente en contra de algo de lo que se es y se ha sido parte.

En este escenario y en este presente, me siento interpelada a hablar de esto de forma pública, por primera vez a mis 45 años, pues recién hoy puedo hablar fuera del exotismo de provenir de una familia de inmigrantes palestinos que se instaló en el sur de Chile, Pitrufquén, a mediados del siglo XX. Aunque algunos integrantes de mi familia insisten en que somos y nacimos palestinos –aunque hayamos nacido en el sur de Chile- nunca he sentido eso. Al tiempo que, de una forma desplazada, sí. Mi familia era una de las familias árabes del pueblo; vivía del comercio asociado a lo textil; comíamos cosas que en otras casas no se comían; oíamos música que en otras casas no; ritos importantes sucedían a través de otra religión; en la sobremesa aparecía la cuestión palestina, comentarios sobre Israel; una opinión diferente a la de las noticias de la televisión respecto de la Guerra del Golfo, en los años 1990; otras personas del pueblo se referían a nosotros como los turcos. Luego, yo no iba sintiéndome palestina, cada día de mi vida allá, en el pueblo, pero en algunos cotidianos y en algunos momentos en relación a otrxs, esto emergía. Todo esto fue entretejiéndose con el tiempo a otras experiencias, vinculadas a la complejidad de vivir una vida a partir de las decisiones, contextos, dolores y suertes, que emergen en una vida.

Entonces, para situarme en la escritura de este texto, intentando ser justa con las experiencias que me atraviesan, diría –como escribió Lina Meruane en su precioso libro Volverse Palestina-, que más que ser palestina por toda esta herencia familiar, siento que me volví palestina. Siendo justa con el presente, siento que me estoy volviendo. Esta transformación está directamente relacionada con entender la palestinidad, o lo palestino, no como una identidad esencial, ligada a una cuestión sanguínea, sino como un devenir político, que se resiste a sucumbir ante el ejercicio de un poder hegemónico. Como un devenir político que está vinculado con un ejercicio crítico hacia las formas contemporáneas que adopta la violencia colonial, violencia que evidentemente se manifiesta en todo su esplendor en el territorio palestino, pero que es también reconocible en otros territorios, mucho más cercanos a las huellas de nuestras pisadas. Como lo es el territorio americano y en él todo espacio de vivencia en donde fuerzas dominantes han insistido e insisten en desconocer los modos de vida de sus pueblos originarios, sus saberes, sus epistemes, sus formas de organización política y territorial, si no se someten al marco propuesto por el proyecto civilizatorio occidental de los siglos XIX y XX, con sus nociones de progreso, desarrollo, economía, disciplina, binarismos varios, biopolíticas –dominios de la vida sobre las que el poder ha establecido su control- y necropolíticas –sumisión de la vida al poder de administración de la muerte, creación de mundos de muerte y sociedades de muertos vivientes (Mbembe, 2011).

El proyecto colonizador occidental, que inició su proceso expansionista en el siglo XVI en territorios americanos, bajo el principio de la colonización evangelizadora, gira entre los siglos XVIII y XIX, de la mano con el florecimiento del proyecto moderno, hacia un principio fundamentalmente basado en el ideal de la civilización. Los salvajes de estas tierras bárbaras –América, África, Asia- ya no serán convertidos a la religión católica –sustento inicial de la colonización española y portuguesa- o aniquilados, pues eran tan bárbaros que la salvación de su alma no era posible –sustento de las colonias inglesas en el norte de América-, sino, serán colonizados, para llevar a estas tierras ignotas o vacías, los beneficios del progreso a la manera de occidente. De este modo, los habitantes que se encontraran en estos territorios, podrían dejar de pertenecer a la naturaleza –costaba distinguirlos de los animales, por esa tendencia a establecer relaciones de reciprocidad con otros seres vivos y no vivos- y entrar a ser parte de la cultura.

Es en este marco general de colonización civilizatoria, que comienza a producirse el proceso de colonización del territorio palestino. Con avances paulatinos durante la segunda mitad del siglo XIX; pero con una acentuación marcada desde finales de la Primera Guerra Mundial, en 1918. Proceso que cuenta con el respaldo de Gran Bretaña, sin el cual los primeros asentamientos y desequilibrios demográficos producidos por la masiva llegada de colonos judíos a territorio palestino, no habrían sido posibles.

Es común encontrar en el relato que busca justificar este proceso de colonización, la idea de que la tierra palestina está vacía, es improductiva, no se aprovechan sus recursos naturales, está apenas poblada por un par de tribus nómades, salvajes, que desconocen o están muy lejos de lo que es la civilización. Que el establecimiento de un Estado judío, de raíz europea –en esta primera etapa, no se piensa en poblar con judíos de Túnez, Sudán o Etiopía- podría significar un faro de progreso, en un punto clave de la geografía entre Europa, África y Asia, que garantice una occidentalización del territorio, contra el posible avance de una orientalización asiática –o sea, medio bárbara- del mismo. Occidentalización del territorio, que también está ligado al establecimiento de un proyecto político macroeconómico, vinculado a lo estratégico que es ese territorio como ruta marítima y petrolífera.

Este proceso de colonización civilizatoria, no hizo más que acentuarse desde 1918, a través de hitos directamente derivados de los procesos políticos europeos –como la instalación en el territorio palestino del gobierno del Mandato Británico-, siendo el más radical de ellos el establecimiento del Estado de Israel en 1948, que significó la expulsión y desplazamiento de 750.000 palestinos de sus hogares, catástrofe que el pueblo palestino llama la Nakba. Desde estas fechas a nuestros días, a la estrategia de colonización civilizatoria se ha sumado –con el aval de la creación del Estado-, la de colonización de asentamiento, cuyo principio fundamental no es el de evangelizar a los salvajes que se dominan, ni tampoco civilizar a los bárbaros medio animales, sino lisa y llanamente, exterminar a la población – nunca reconocida como pueblo- original. Esta forma de la colonización no apuesta por la posibilidad de integración de comunidades, ni de conversión, ni de formación, sino, fundamenta la constitución del estado en un principio identitario, de carácter religioso y racial, en donde la necesidad de no mezclarse con lo salvaje emerge como principio articulador fundamental. Aquí entonces lo salvaje, es apartado, excluido, situado en posición de ciudadano de segunda o tercera categoría, coaccionado, oprimido, humillado, expulsado, asesinado, a través de una amplia gama de acciones. En palabras de Achille Mbembe:

Tal y como muestra el caso palestino, la ocupación colonial de la modernidad tardía es un encadenamiento de ejercicios múltiples: disciplinar, “biopolítico” y “necropolítico”. La combinación de los tres permite al poder colonial una absoluta dominación sobre los habitantes del territorio conquistado. El estado de sitio es, en sí mismo, una institución militar. Las modalidades de crimen que éste implica no hace distinciones entre enemigo interno y externo. Poblaciones enteras son el blanco del soberano. Los pueblos y ciudades sitiados se ven cercados y amputados del mundo. Se militariza la vida cotidiana (2011, 52-53).

Condición que no ha hecho más que intensificarse en los últimos años y que ha tenido como consecuencia que este pueblo salvaje, bárbaro, se levante en indignación y resistencia, como hacen los pueblos cuando ya no cabe en sus cuerpos más violencia y muerte. A estos levantamientos populares del pueblo palestino se les ha llamado: Intifadas.

La primera intifada palestina tuvo lugar entre 1987 y 1993. Fue conocida como la Intifada de las piedras, debido a que el pueblo palestino resistió a la violencia del ejército israelí, fundamentalmente con piedras, palos y otros tipos de armas caseras. La segunda intifada palestina tuvo lugar entre 2000 y 2005. Fue conocida como la Intifada de Al-Aqsa, porque se inició en el barrio de las mezquitas, en Jerusalén. Algunos se preguntan si ahora podría acontecer una tercera, en Palestina.

Rodrigo Karmy, filósofo chileno de origen palestino, que ha puesto el foco de su pensamiento en las revueltas árabes de las últimas décadas –tanto en las intifadas palestinas como en las revueltas de la primavera árabe del 2011-, expande la noción de intifada del marco palestino hacia los diversos procesos de revuelta del mundo árabe, planteándolas como topologías de la imaginación popular. En su propuesta acciona de forma fundamental la expansión de mundo que provoca el uso de la potencia imaginal de los cuerpos, y junto con ello identifica en estos procesos de revuelta, no sólo resistencia, sino también insurrección en el más amplio sentido de la palabra, debido a una total entrega de los cuerpos a la activación de un gesto contra las políticas de la muerte, a favor de la vida y de instalar un presente vital, que desactiva la deriva histórica del status quo sostenido por la soberanía de los Estados y los poderes fácticos asociados. En su análisis:

[…] tal apuesta solo podía venir si acaso abríamos el campo de la imaginación y contemplábamos en ella la pulsación de una vida activa en que potencia y cuerpo, experiencia y vida se habían encontrado en un choque múltiple donde el desgarro podía vibrar en la levedad de una voz que apenas se hizo oír: «el pueblo quiere la caída del régimen» (2020: 331)[i]

Voz que apenas se hizo oír, resonó entre los cuerpos, para amplificarse en protestas masivas, en Túnez, Egipto, El Líbano, Siria. Voz, que implica en su manifestación de deseo, el cambio profundo de las estructuras que sostienen el régimen de existencia, que en diversas articulaciones en este contexto, contiene el denominador común de sostener su poder y la representación de su poder, a costa de las vidas de las bases que conforman su ciudadanía, pueblo, territorio. Voz que implica y activa durante el presente vital de la revuelta, otras formas de organización y existencia de los muertos vivientes que ya, sin miedo a la muerte, a través de sus gestos, son devueltos a la vida. Voz, que si afinamos sólo un poco el oído, resuena en otras lenguas en otros contextos del mundo, invitándonos a dejar de habitar la superficie plana y lisa del globo, para hacer un mundo, junto a otros, que haga caer el régimen biopolítico y necropolítico al que nos ha conducido la deriva abyecta del capitalismo global y el neoliberalismo radical.

Podría resonar esta voz, esta potencia imaginal de activación de una potencia vital, esta potencia de intifada, en todos los pueblos salvajes. En todas las comunidades bárbaras. Ésas que no caben o desbordan la lógica de la violencia y la soberanía de la nación y sus aliados. Resonar en la distancia, implicándose en comprender un poco más qué es lo que ha estado sucediendo allá lejos, en Palestina, quizás podría hacernos vibrar respecto de algunas de nuestras realidades y violencias aquí, al tiempo que reconocernos en nuestras propias intifadas y gestos a favor de mundos multiespecies, a favor de lo vital.

Desde tan lejos/desde tan cerca, desde una identidad en tránsito disidente de la adscripción a ciegas a las identidades nacionales, este breve texto que balbucea ideas que no podría haber escrito un año atrás, plantea la posibilidad de la resonancia, de la vibración, como una posibilidad de establecer redes de complicidad y parentesco, en aquello que produce dolor, así como en aquello que nos contagia de valor y fuerza, con este pueblo que resiste, se insurrecta y activa en ese devenir toda su potencia imaginal y deseo de vivir, y no sólo de sobrevivir. Resistencia –sumud– a ser sólo una población, trabajo mal remunerado, ciudadanos de segunda clase, recursos humanos, recursos naturales, carne de experimento de tecnología de guerra, carne de matadero, extinción.

*****

— Así, cualquiera podría volverse palestino. Devenir intifada.
— No. Cualquiera no.

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Cualquiera que resonara con lo bárbaro, con lo salvaje.
Cualquier que resonara con la rebelión a la imposición de un mundo que aniquila otros mundos, en sus lógicas tan cercanas al monocultivo y tan lejos de bosque.

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— Cualquier salvaje sudaca podría volverse palestina.
— Quizás.

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Resonando.
Resonando con ello.
Se me ha ocurrido aprender a cantar, en bárbaro.

*********

— ¿Cómo suena eso?
— Raro. Extraño.
Lo primero ha sido descolonizar mi oído. También colonizado con una forma de los sonidos.
— ¿Cómo ha sido eso?
— Raro, extraño. La lengua rara me seduce y me expulsa. Las dos cosas al mismo tiempo y en bucle de retroalimentación. Pero lo deseo. Así que insisto.
— ¿Cómo está siendo eso?
— Raro, extraño. El deseo me hace dejar de ser la que creía que era yo. Me desarma, me expande, me vuelve tentacular, ignorante. Medio monstruosa. Deseo comprender y eso no me deja igual. Deseo lo árabe, lo palestino, lo insurrecto, la intifada y eso no me deja igual. Deseo sonar de un modo que no sabía sonar, resonar. Otros músculos, huesos, membranas, se activan, si sueno, si resueno, en árabe. Es una experiencia corporal.
— ¿Pero sigues siendo tú?
— ¿Eso importa?
— A algunas personas les importa, mucho. Por la cuestión de la identidad. Por ejemplo, este texto, ¿Qué es? ¿Un artículo, una columna, una obra de ficción?
— Ni, ni. Ni lo uno, ni lo otro. Es un texto raro, trans.
— ¿Y tú?
— Ni, ni. Ni soy otra, ni soy la misma. Sugiero pensar en que parece ser el tiempo de proponer la identidad más que solo como una herencia biológica, histórica o cultural, como un deseo vinculado a una ética.
— Me gusta.
— Así que así estoy. Sin ser. Sin ser lo que era. No soy, estoy siendo. Devenir palestina. Devenir, intifada.


Textos que son sustento fantasmal o referido de este texto:

Haraway, Donna, traducción de Helen Torres (2019): Seguir con el problema. Generar parentesco en cl Chthuluceno, consonni, Bilbao.

Herzl, Teodoro (2004): El estado judío, Organización Sionista Argentina, Argentina.

Mbembe, Achille, traducción  de Elisabeth Falomir Archambault (2011): Necropolítica seguido de Sobre el gobierno privado indirecto, Melusina, España.

Meruane, Lina (2014): Volverse Palestina, Random House, Chile.

Mourad, Kenizé, traducción de Miguel Rubio (2003): El perfume de nuestra tierra. Voces de Palestina e Israel, Oceáno, Barcelona.

Karmy, Rodrigo (2020): Intifada. Una topología de la imaginación popular, Metales Pesados, Santiago de Chile.

Oralidades y sonidos que son sustento de este texto: La conversaciones con Karmy; las clases que estoy tomando en el Diplomado en Estudios Palestinos del Centro de Estudios Árabes, de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile; y las clases de canto árabe que habitan mis semanas y resuenan en mi cuerpo desde hace un año ya, con Alice Abed


Nota de pie

[i] “El pueblo quiere la caída del régimen”: ashab yurid isqat an nizam, fue el grito y lema de la revuelta en Túnez y desde ahí se contagió a otras revueltas en otros países árabes.

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