Siberia, de Daniela Alcívar Bellolio. Escritura y duelo: paisajes, cuerpo materno, memoria autobiográfica

Por Alicia Ortega Caicedo
Universidad Andina Simón Bolívar

Nunca antes mi cuerpo había sido un ancla tan mortal a tierra 
(Siberia)

Siberia bien puede ser leída como una novela que hace parte de lo que el crítico argentino Alberto Giordano ha denominado “el giro autobiográfico”, por el revelador trabajo de una escritura que deliberadamente instala la voz, la mirada y el cuerpo de su autora en el escenario textual de una intempestiva cercanía.  Una escritura que se desafía a sí misma en la manera cómo se carga de intensidad poética, así como de una lucidez narrativa al momento de pensar los modos de enunciación y la dación de forma a un amplio espectro vital que concentra paisajes, cuerpo materno, memoria afectiva, allí en donde eros y tánatos, el deseo y la muerte cuando acontecen, provocan la imaginación autobiográfica. La novela va juntando instantes y digresiones concernientes a la vida de quien escribe: una mujer en estado de rememoración y de duelo. Se trata de una escritura propositivamente fragmentaria y discontinua, orientada hacia el presente, puesto que la materialidad del ahora es el lugar desde donde la narradora intenta poner en palabras lo que ella denomina “el hecho capital de mi vida”: la pérdida del hijo en el parto. Cabe aquí volver a Giordano: “Es cierto que la intimidad, que no es nada (nada que se pueda decir, ni siquiera señalar directamente), es en sí misma inconfesable, pero también que solo resultan auténticas aquellas confesiones que se realizan bajo la presión de algo íntimo en busca de un lenguaje que lo deje ser.” (30). Siberia es eso: la narración de una vivencia profundamente íntima y dolorosa en busca de un lenguaje que la exprese. Es una novela autobiográfica, de duelo brutal, de luto, el de una madre que pierde a su hijo. Doble duelo porque esa experiencia coincide con un duelo de lugar, el de esa misma mujer que deja una ciudad en donde ha vivido durante quince años:[1] “Ya no sé lo que siento ni lo que me causa irme de Buenos Aires después de quince años, con el abdomen escindido y los brazos vacíos” (77). Escritura de supervivencias, que afirma en el presente esa doble pérdida en el acontecimiento del lenguaje (en donde escribirlo parece coincidir con volver a vivirlo).

“Me distraigo en la agitación de las copas de unos árboles lejanos, deben ser de algún pulmón de manzana” (9). Así inicia Siberia.Y lo destaco porque la presencia del paisaje en la construcción narrativa de la novela es fundamental: define un ritmo, unas intensidades y unas pausas en la escritura. Sorprende la delicada y penetrante descripción de una suma de instantes, puesto que la temporalidad de la novela responde a la rememoración de ellos en tanto comprimidos de tiempo alojados en la configuración de imágenes que remiten a la materialidad de los espacios vividos. La cuidada descripción de los paisajes rememorados concentra la atención de la voz narradora, a la vez que la distraen en el sentido más literal del término: la apartan brevísimamente del hilo narrativo, de la memoria que se despliega. Más importante, le permiten demorar el relato de un trastorno íntimo, dilatarlo, orillarlo para luego colocarlo una y otra vez en el centro impostergable de la escritura. Casi como mandato, como plegaria, como confesión. Porque de eso se trata, “del deseo de romper algo dentro de mí, de decir algo que no pueda ser nunca recuperado” (10). En la lectura de Siberia, nos enfrentamos a la confesión de un cuerpo que se escribe desde la materialidad expuesta de sus heridas y de sus órganos:

Llevo en el vientre una herida, y por dentro el útero hendido. Lo siento en el ombligo, y desde el ombligo en línea recta hasta la vagina. La línea horizontal que bordea como una aureola mi pubis me recuerda implacable, cruel, que me sacaron del vientre a mi pequeño hijo, que lo vi apenas un segundo y lo escuché gemir. […]. Llevo en el vientre un hueco infinito de dolor. Un vacío literal de vida, ahí donde mi hijo hasta hace una semana nadaba olvidado de todo, tibio y lleno de futuro. Ahí: un hueco interminable de desesperanza. Ahí: pérdida encarnada en el centro de mi cuerpo.Ahí: ausencia de Benjamín. (58, 59)

Es en ese preciso lugar, “Ahí”, en donde cobra el más poderoso sentido la marca gramatical de la primera persona, así como la contundencia de una escritura que compromete el cuerpo de modo prioritario, que trabaja el vacío como único soporte de registro vivencial, el registro de una desgracia acaecida. Es “Ahí” en donde el lenguaje viene no solamente para comunicar una experiencia, sino para configurarla en el aquí y el ahora de su enunciación. En ese “Ahí” se concentra el instante como tiempo vivido y recordado, así como la idea del instante creador. El instante como generador de tiempo discontinuo y roto, que se rehace de manera incesante en la narración del acontecimiento. De allí el radical descentramiento y la fragmentación de la narrativa en la propuesta escrituraria de Siberia.La novela da cuenta de un entramado de imágenes que en su conjunto devienen urdimbre de una vida cuyo centro ronda el vacío, “un hueco infinito de dolor”:“Todo está incompleto. El inacabamiento es la más cruel de las desgracias humanas. Incompleta la herida en mi vientre que no sostiene un hijo que la justifique. Incompletos mis senos duros y adoloridos que producen leche para un conjunto amado de cenizas. Incompleto por siempre mi cuerpo, incompletas mis entrañas que no acomodarán nunca a la ausencia de Benjamín.” (59).

Cómo acogemos estas palabras que no hacen sino traer ala piel del texto la desgarradura hecha carne, el estremecido deseo que busca a través de la escritura dotar de materia sensible al cuerpo del hijo ausente. Escritura dislocada, descentrada, inquietante, propositivamente anudada a una turbulenta certeza de pérdida y desolación, que en el mismo gesto de su performatividad genera una bullente e inaudita proliferación de imágenes: “Llevo en el alma un tatuaje. El rostro de mi hijo, tan tranquilo que parecía dormido. Piel oscura, largas pestañas y cejas rubias.” (58). La profunda relación entre imagen y memoria es clave en Siberia. Son imágenes de lugares que ponen en movimiento la escritura, que irrumpen en el relato a modo de iluminaciones fugaces, que permiten a la escritora imaginar escenarios autoficcionales: la protagonista mira y se mira con detenimiento, y esa insistente entrega contemplativa imprime un particular tono de extrañeza reflexiva: reconocimientos de paisajes íntimos, de itinerarios, de trayectorias; lugares adensados con la carga semántica que le proveen la memoria y los afectos depositados en ellos: “Cada tanto me viene un recuerdo sin contenido, o con un contenido más bien lumínico o conceptual” (106). “Recuerdo sin anécdota”, observa la narradora. Recuerdos hechos de pura textura, de pura luz.Parajes desbordados por la vida, pero también por ausencias y por la muerte.

Leonor Arfuch se pregunta, en el curso de una reflexión acerca de memoria y escrituras autobiográficas, “¿Qué es entonces lo que ‘trae’ con más fuerza el recuerdo, la imagen de la cosa ausente o la afectación presente? ¿Los ‘hechos’ o su impacto en la experiencia? Y ¿cómo llega esa imagen al recuerdo, de modo involuntario o por el trabajo de la rememoración?” (66). No es difícil reconocer en Siberia una activa búsqueda y sostenida creación de imágenes que hacen posible nombrar, concentrar y significar la trama, siempre incompleta, de experiencias vividas. Entonces, regreso al “Ahí” de su escritura para sugerir que ese lugar expresa un límite, un pliegue discursivo que traza los contornos de lo decible y de lo inexpresable. Y es justo en el reconocimiento de ese contorno en donde aconteceSiberia. Como lo sugiere Arfuch:“Hay, en el devenir testimonial, diversos momentos en los que la palabra se hace audible, puede ser dicha y escuchada. Momentos cercanos a los acontecimientos vividos, que se presentan como urgencias de la voz” (84). La estructura fragmentada y fragmentaria de Siberia responde justamente al ritmo de un pensamiento que procura poner en relato la experiencia de una pérdida. Ese instante que no deja de acontecer. ¿Cómo se ordena en la cadena sintagmática los fragmentos de una memoria disgregada, de una memoria que se corresponde con un cuerpo materno intervenido, dolido, abierto; uno que se percibe roto, marcado y vaciado? Los fragmentos que se van acomodando al interior de la forma relatada hacen parte de una escritura hendida en un cuerpo materno: “Hay solo y nada más que el hueco horadado por la vida entre mis órganos, en el mayor fondo de mi esqueleto, la extracción inclemente de un pedazo de vida, la fragmentación irredimible, la vida despojada. Repito vida, vida y vida para no dejar de recordarme que es esto lo que tengo, una vida desbordante y desbordada por la muerte de mis entrañas”(104).

Siberia pone en juego varias posiciones enunciativas, que cruzan el registro ficcional, autobiográfico, testimonial, la memoria biográfica y familiar, la escritura propia del diario allí en donde la memoria registrada está fuertemente anclada a ciudades y lugares concretos. En Siberia el duelo materno coincide y se funde con otra pérdida, la de una ciudad. La temporalidad narrativa se configura en el espacio que abre el vaivén adverbial:entre el “acá” y el “allá”, entre Quito (también Guayaquil y algunas playas dela infancia) y Buenos Aires, ocurre el recuerdo y toma forma el relato. Es en ese preciso entre-lugar en donde la narradora remueve el patrimonio personal de imágenes preservadas, aquellas que sobrevienen en el ejercicio de una memoria alerta a su propio hacerse: el sol filtrándose entre los árboles, la vereda de una calle de Villa Santa Rita, la súbita y repetida emergencia del deseo que invade brevemente el relato en la fugaz figuración de nombres y rostros; viajes, muchos viajes por tierra y paisajes de montaña; el recuerdo de una torcaza bebé, Garay (porque en la novela todos los animales tienen nombres propios); un viaje entre Guayaquil y Chongón. Uno, este último, que habla acerca de un episodio ocurrido en la infancia: una familia constituida por la madre, la hermana y la narradora, todas en desesperada huida de un padre alcohólico y violento.   

Como lo he propuesto en párrafos anteriores, el cuerpo es la materia que más presencia tiene en el relato, el cuerpo de la narradora que no deja de mirarse y explorarse. Un cuerpo en permanente estado de agitación:  

Me miro las manos rojas, hinchadas, fuera de proporción. No tomo medicación para esta alergia, porque aparece solo a veces, cuando hay algo que se agita y yo no sé cómo aquietarlo porque no encuentro el exacto punto de mi cuerpo donde eso que se agita, se agita. No lo encuentro y por eso no puedo domarlo. Siento que la alergia en las manos es apenas una manifestación, fea pero inocente, de un estremecimiento que recorre o vive, menor dicho, vive en mi cuerpo sin descansar la carrera en ningún punto. […]. No quiero tocar nada con estas manos, ni a mis gatos ni a nadie.Siento que puedo perturbar la paz de ellos con esta agitación de la que la alergia es inocuo pero elocuente signo. (25).

El estremecimiento del cuerpo, expresado en la alergia de las manos, es percibido por quien lo habita como elocuente signo de algo, algo que falla, que está roto o dislocado. El relato citado participa de un episodio que hace parte de un pasado no muy lejano, en Buenos Aires, y no busca sino eso: el relato de un cuerpo agitado, de unas manos enrojecidas, de un momento en soledad en el que la reflexión junto con el crepitar de la carne y del alcohol se registran al unísono. En suma, no es sino el registro de una incomodidad que se expresa en el cuerpo, uno que se abre, se enrojece, se hincha, se agita, crepita. El episodio es rememorado en un fragmento que inicia con la frase “Nacer herido de muerte”. Frase que se repite en un párrafo cercano, uno que introduce a la gata Julia:

Veo a mi gata Julia durmiendo plácida en la silla que yo antes usaba para trabajar: tiene insuficiencia renal y un soplo en el corazón. No sabemos, ni ella ni yo, cuánto tiempo le queda. Ella duerme tranquila y yo la miro y me miro las manos, hinchadas. Hinchadas y rojas. Calientes. La miro y me pregunto qué día esa silla va a estar vacía, y me pregunto si seré capaz de volver a usarla para trabajar. (26).

Siberia es el relato de una pérdida presentida en el cuerpo en su sentido más literal: pre-sentir la ausencia por venir. Y es el cuerpo de la narradora sentado en la escritura el que encarna todos los recuerdos. De allí el efecto fragmentado y roto de una escritura que actualiza una y otra vez su permanente hacerse, de manera dislocada, desesperada, inquieta. Una escritura que se agita al ritmo del cuerpo que la traza, a la vez que despliega una suma de recuerdos. En este sentido, la actitud afectiva que trasiega la escritura de Siberia cruza el miedo, la culpa, el dolor, la ausencia, la pérdida.“Como si fuera imposible escapar del accidente, porque está en mi pecho dormido, esperando su turno, contingente y malvado, siempre asediando. Está en mi pecho y en el mundo, en el pliegue de la tranquilidad, tras el aire límpido de los momentos felices” (36). Así, la infancia se agazapa en el trazado de una genealogía familiar, visible en fotos y parcelas de una memoria que pone en movimiento restos de experiencias ligadas a la crueldad, el abandono, la tristeza. El cuerpo que encarna el recuerdo y lo escribe es un cuerpo materno que anida un hijo, en quien piensa y a quien toca en su barriga. En el curso de esos tramos narrativos, el tiempo del relato se acomoda al ritmo del cuerpo que rememora, del cuerpo materno que evoca los momentos de su hacerse, de la tirantez de la piel en la barriga, el crecimiento de los senos, las estrías, las tímidas patadas. Ese cuerpo abombado corresponde al tiempo por venir en la idea del regreso a Ecuador, para que el hijo sea quiteño y nazca entre volcanes. Es el tiempo de los recomienzos, de lo intempestivo y de lo súbito. Un tiempo que reinventa la genealogía familiar como promesa de salvación: “Tal vez es un mito eso de que cargamos con los pecados de nuestros padres y abuelos. También hay alegrías, hijo. Que el amor nos salve” (47). Tiempo que fluye, expansivo y contingente: “Ahí me veo, habitada por otro, en progresiva expansión” (57).

De manera simultánea, el presente de la escritura es también el de la pérdida del hijo. Es también el de la pérdida de una ciudad, de sus paisajes, de su gente, de sus itinerarios. La protagonista debe dejarla aunque no en la forma como lo había imaginado cuando esa decisión era parte de un futuro cercano. Porque, además, de una imposible vuelta a casa se trata, esa promesa de regreso se rompe en el camino: “Pienso que, tal vez, mi hijo y yo, yJulián, estamos volviendo a casa, aunque la esencia de la casa, la idea del hogar, sea una fantasía que se rompió definitivamente cuando salí del hospital con los brazos vacantes” (84). Mirar el paisaje, contemplarlo, ponerlo en palabras en la elaboración de una imagen visual, provee a la narradora de un breve respiro que repotencia el discurso que la articula, que la hace, al tiempo que toma distancia de sí misma para poner en palabras ese “algo” que bulle dentro de sí, que la rompe, que amenaza con no poder ser recuperado si acaece el olvido. Nombrar ese algo, formalizarlo en el lenguaje, materializarlo en la escritura genera en quien escribe y rememora, inquietud, vulnerabilidad y desesperanza. Es justo allí cuando la emergencia del paisaje cobra forma y se impone, casi como salvación y contención ante el sentido de la indefensión que genera el dolor y la pérdida. El tiempo de la desgracia es otro. Tiempo comprimido y ovillado en la escritura: “Pero es cuando acaece la desgracia, tan intensa como la dicha, que descubrimos de qué impertérrita duración está hecho el dolor, de qué pétrea materialidad está hecho el tiempo de la angustia”.(75). Tiempo pétreo, que rompe, desordena y fragmenta la escritura, que interrumpe la cronología de los hechos, que privilegia el instante. Tiempo de duelo, que no puede sino volver una y otra vez sobre el mismo acontecimiento para iluminarlo, completarlo, sostenerlo, preservarlo aun en medio del desastre. Gaston Bachelard ha llamado la atención acerca del carácter dramático del instante: ejemplifica la discontinuidad esencial del tiempo, “único terreno en que se pone a prueba la realidad” (12). Una sensible poética de instante argamasa Siberia como trabajo de duelo en la escritura.

El paisaje alcanza un protagonismo crucial en la novela, porque se corresponde con la geografía de dos ciudades –aquella de donde la narradora parte (Buenos Aires) y aquella hacia donde llega, su ciudad de origen (Quito). El paisaje deviene, así, poderoso contenedor de recuerdos y, en este sentido, dispositivo de un entramado de relatos que pone en movimiento una especial comunidad afectiva en donde se entremezcla la familia, los amigos y los animales. Imposible no reconocer una suerte de mirada contrapuntística al momento de poner en cercanía ambas geografías: “Y quiero ver el Pichincha, esa presencia total, ese abrigo. En Buenos Aires la planicie es apabullante. Cada tanto, en Microcentro o en Recoleta o en Belgrano, cuando me perdía y preguntaba, a veces me decían: cinco cuadras hacia el río. Pero yo no sabía dónde estaba el río. El río estaba siempre al fondo, en el bajo. No se ve. Sigo sin entender cómo eso puede ser un signo geográfico de orientación.” (82). Es justamente la sensibilidad perceptiva de quien recorre un lugar que no es el suyo, desde una conciencia extranjera, la que dota a la mirada de una ajenidad capaz de percibir lo que otros no pueden ver. No lo pueden ver porque resulta difícil advertir las particularidades de un paisaje propio y cotidiano. El ojo extranjero puede mirar y reconocer lo que el ojo nativo no alcanza a distinguir.La narradora, entonces, no deja nunca de mirar con asombro la planicie infinita que a sus ojos deviene indistinción geográfica y ausencia de significado.

Sabemos que el sentido de todo espacio está en el ojo de quien lo mira. Esto lo señalo porque apunta al título de la novela. Qué tiene que ver Siberia con el recuerdo más vivo que posee la narradora: “el de mi hijo como dormido”. A propósito de recordar un viaje a Chivilcoy (“dura planicie ganadera” argentina), la narradora dice: “El lenguaje del mundo es ajeno a lo humano, y su forma de vivir está hecha de intensidades y pausas que no se corresponden con ningún relato.” (83). Al mismo tiempo, y en resonancia con la novela, nos preguntamos qué puede ser más carente de sentido que la muerte del hijo. Parece, entonces, que para narrar el sinsentido mayor, que sin embargo acontece, quien escribe en ejercicio de rememoración necesita un horizonte espacial en condición de comunicar la ausencia absoluta de significado. Así entonces, comprendemos el lugar de Siberia en el relato:

Quiero decir la contemplación de un paisaje así: extensas, infinitas llanuras blancas y deshabitadas. Desiertas de vida, o siguiendo su vida ese modo indiferente a todo. El mundo en su versión más inhumana: cuando es soberano de sí mismo y nadie modifica nada, solo el tiempo. E incluso eso es relativo, por algo se llaman nieves eternas, ¿no?,porque nunca cambian. Y si cambian, nadie lo nota. Una extensión blanca y ajena, que no termina, que nadie surca, que será siempre igual.” (97).

Siberia aparece para expresar el inaudito esfuerzo de poner en escritura eso que para el común decir pertenece al terreno de lo inefable, de lo indecible, de lo inexpresable, de la ausencia absoluta, de la hendidura en la carne. Ese algo que amenaza con quedarse solamente en balbuceo, silencio, grito. La tesitura formal de Siberia debe mucho a la “textura impar de la que están hechos los afectos” (128). Se impone, en medio del dolor y la desgarradura, la imagen diáfana y feliz con la que se cierra la novela. Ya instalada en el regreso, en su nueva casa en Quito, la narradora ve a su hijo en un sueño luminoso, lo ve en el jardín de su casa en el instante en que se despega una risa infantil. Imagen imposible que registra el recuerdo de lo que nunca pasó pero acontece en la escritura. Una imagen que de alguna manera expresa la vida en su máxima potencia, en su encarnación de alegría y plenitud: “No puedo ver su rostro, pero veo sus manos pequeñas dispuestas a sentirlo todo, sus piernas que transitaron este mundo como nadie más lo hará. Tan real y verdadero como los recuerdos que a veces aparecen y desmoronan las certezas de cualquier vida”(156). En medio de la extrañeza y el dolor encarnado en el cuerpo, el ímpetu dela memoria es el de una escritura capaz de dotar de renovadas formas a la vida.

Bibliografía

-Bachelard, Gastón. La intuición del instante. México: Fondo de Cultura Económica, 2000.

-Alcívar Bellolio, Daniela. Siberia. Quito: Campaña Nacional Eugenio Espejo por el libro y la lectura, 2018.

-Arfuch, Leonor. Memoria y autobiografía. Exploraciones en los límites. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2013.

-Giordano, Alberto. El giro autobiográfico de la literatura argentina actual. Buenos Aires: Mansalva, 2008.


Notas

[1] En diálogo con las ideas que desarrolla Giordano, advertimos que estas escrituras del presente vuelven anacrónicas las distinciones entre lo que es y no literario, y entre realidad y ficción. En este sentido, vale escuchar lo que Daniela Alcívar dice acerca de la escritura de Siberia, en la perspectiva de su carácter autobiográfico y de duelo. Ver la entrevista que le hace el escritor Eduardo Varas, en el programa Café con letras. Disponible en:  https://www.youtube.com/watch?v=p9WSJkJ8hRA.

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