Tornado

Martha Luisa Hernández Cadenas

A Manuela

El 27 de enero de 2019 un tornado categoría EF4 azotó la isla de Cuba.

Los tornados son fenómenos naturales difíciles de predecir. Lo único que dejan a su paso es el desastre.

Se hace obligatorio reconstruir lo que el tornado ha tomado, el procedimiento puede ser la resiliencia, aprender de la pérdida, de su caótica inmanencia.

Esta obra es el caos, un caos que se traduce en una familia y que transpira en las úlceras de una isla interesada en la cosmetología.

No sé quiénes padecen más los tornados, si el suelo, la atmósfera o las personas que ven difuminarse el mundo en apenas unos segundos.

El 27 de enero de 2019 un tornado categoría EF4 azotó la isla de Cuba y el acontecimiento no debería ser teatro, pero no sé qué otra cosa hacer con el dolor padecido, con los restos que dejó el torbellino, con la sensación de lo incurable.

Esta obra no documenta ningún incidente real.


Los que hablan en Tornado

Resiliencia

La Isla

Tercera Vértebra

Quinta Vértebra

Masajista Polaca

Masajista Soviética

Torbellino

Manuela

Arístides

Esteban

Claudia

Arturo

Carlitos

Dixie

Drinki

Bombero 1

Bombero 2


Resiliencia

Un tornado categoría EF4 pasó por la isla y La Isla se resiste a creerlo.

La Isla. Yo no sé por dónde empezar. Todo en mí se niega a empezar. Escribir el principio con los codos y las rodillas. Esto lo escribo con los tobillos y las vértebras. Mi Tercera Vértebra posee una mejor caligrafía. Mi Quinta Vértebra exhibe su ortografía lírica. Viajábamos en un ómnibus que se partió por la mitad. Viajábamos en un cohete que se reventó contra una noria. Era una expedición marítima fallida. Teníamos enfermedades, nos brotaban burbujas e impétigos, quienes han vivido tanto en una isla se adaptan a la humedad, sobreviven como pueden con una epidermis contagiosa.

Cómo se piensa en medio de la catástrofe, me pregunta la Masajista Soviética que, sentada al lado de la Masajista Polaca, consulta emocionalmente en el spa de mi mejor amiga. La masajista soviética nunca moraliza su construcción de un final feliz. Pregúntame sobre los finales felices, no me preguntes sobre los finales tristes, le digo. En el salón se respira novedad y buen gusto, hay revistas para hojear y tatuadoras de párpados. Nos alimentamos de la belleza que es una línea negra en los ojos. La belleza quita el hambre, me digo. Pregúntame por la belleza, masajista, voy a escribir con mi vértebra sobre eso. Viajábamos en un tiovivo y nos estrellamos contra un carro de bomberos. Necesito un masaje.

Los hongos cutáneos que causan picazón e hinchazón son los que me salen, si no me relajo. Nos estrellamos contra un peñasco, un astillero y la cruz de madera de una iglesia. Un viaje es el principio del caos y yo no sé contar el principio, ese es mi defecto histórico. Por eso me vine este lunes al spa, hojeé las revistas y escuché atentamente a las masajistas. Yo estaba ahí, en el paraíso cosmetológico, estaba tranquila, sin cuestionarme nada, pensando en la poesía y las cremas faciales, cuando me di cuenta de que algo había pasado. Un tornado, le dice una a la otra, un tornado de verdad lo jodió todo, mató a gente, reventó casas. ¿Dime si esto no es una maldición, masajista? ¿Cuándo me hablabas de catástrofe era algo serio? Quise curarme el dolor enraizado, pronunciar una oración cosmogónica para acabar con la miseria. Quise tener un final feliz, pero el principio se escribe automáticamente, sin terceras ni quintas vértebras, un hueso rompe la carne y empieza a escribir. Estoy sentada en un spa, imaginándome cómo fue el antes del caos, el domingo antes del EF4. Dejándome tatuar los párpados sufro por los otros. La sensación es terrible. La vista se te pone negrísima y enceguecida por la belleza, lloras lágrimas negras.

Torbellino

28 de enero de 2019 – 00:35:22

Un cuerpo dentro del tornado.

Manuela. Sin escapatoria, algo desgajándose más allá de tu calcio, paredes enterrándose sobre tu cuerpo y tú cayéndote sobre esas paredes. Te viene encima el mundo. Te sientes como una hormiga pisoteada, te arrancan la cabeza y las patas, no puedes huir. En mi casa somos cuatro. Todos sobreviven, menos yo.

Ese domingo preparé un pollo con ajo y mucha sal. En la casa a todos les gusta la comida salada, aunque sea muy mala para mi salud, yo los complazco. Nos chupamos los dedos, les tiramos los huesos a los perros, los tres perros de la casa, Malú, Dixie, Drinki; pero los perros por primera vez no quieren huesos. Mi perra es Malú, los otros dos son de mis hijos, Esteban y Arístides. Y mi otro hijo, Arturo, que vive al lado, también tiene un perro, es un perro de pelea. Arturo no me habla desde hace ocho años, nos decimos únicamente lo necesario, a veces pego el oído en la pared para escucharlo vivir.

Del domingo recuerdo una conversación de Esteban, mi hijo mayor, con Claudia, mi nieta. Claudia le esconde cosas a Esteban. La he visto con su novio, el más chiquito de América. Escuché unos gemidos que venían del trillo, me acerqué y aunque vi a Claudia, ella no me vio porque tenía los ojos cerrados. Todo eso fue hace unos meses. Por el día, Claudia y yo nos quedamos solas en la casa y nos lo decimos casi todo. Claudia no quiso coger una carrera, el más chiquito de América, que yo sepa, nunca ha estudiado nada.

Esteban no sabía de esto, no sabía que Claudia había estado en el trillo, mucho menos que se metía en casa de América todas las tardes y América le cogió cariño porque la niña es hacendosa. Ese domingo, Esteban acaba de enterarse de que son novios. La niña ya está grande, no tiene que pedir permiso, pero Esteban es ridículo, es una fiera. Para él eso es traición. A esa hora no sabíamos que todo eso carecería de importancia.

Miro a Arístides, el del medio, y me pongo a llorar. Ese es mi hijo más frágil. Flaco, con el cigarro en la mano, tiene la camisa llena de huequitos por el cigarro que le quema la tela y que provoca incendios microscópicos. Siento que soy uno de los agujeros de sus camisas, que desaparecí en un agujero así. En el Servicio Militar me lo hirieron en una prueba, era un niño. Arístides tiene una bala en la cabeza que va con él a todas partes, de mi familia es el que se queda más solo. En lo único que pienso, ahora que no estoy, es en Arístides.

Torbellino

27 de enero de 2019 – 12:10:23

La casa de Manuela es una casa pobre, pero espaciosa, parece una casa segura, aunque sea evidente que se ha ido recomponiendo por trozos y que sus paredes se repellaron múltiples veces.

Arístides. Cómprame cigarros.

Manuela. Hoy no pienso salir de aquí, coge el dinero de la gaveta y ve tú.

Arístides. Allá al lado se gritaron cosas feas y yo sé por qué.

Manuela. ¿Por qué, chismoso?

Arístides. No te lo voy a decir, Malú no paró de ladrar en toda la noche.

Manuela. Se habrá asustado con algo. Cómprate los cigarros más baratos.

Claudia. Abuela, dile a Arístides que no fume más encima de mi cama. Me le abrió huecos a la sábana de nuevo.

Manuela. ¿Por qué entras al cuarto de la niña con el cigarro?

Arístides. Mima, ese era mi cuarto.

Claudia. Tío, no vuelvas a entrar a mi cuarto fumando, no te lo voy a decir más.

Manuela. Hoy es domingo. Quiero paz en la casa.

Claudia. Allá al lado discutieron muy feo ayer. La mujer de mi tío daba unos gritos.

Manuela. Yo no oí nada.

Claudia. Tú lo oyes todo, mima. Parece que mi tío está pegándole los tarros.

Arístides. Eso es verdad. Arturo me dijo…

Manuela. ¿Te vas a ir a comprar los cigarros o vas a seguir en el brete?

Arístides. Es que mi hermano me dio diez pesos la semana pasada y me dijo que tenía una novia jovencita, que estaba riquísima, me enseñó una foto de su móvil. Arturo dice que ahora sí está comiendo bueno.

Manuela. Cállate la boca y acaba de salir a comprarte los más baratos.

Arístides sale de la casa.

Claudia. Me hubiera gustado conocer a mi tío antes, no sé, antes del accidente.

Manuela. Para mí sigue siendo el mismo. Es el mismo, pero con ideas en su cabeza que le hacen confundirse.

Claudia. Dice mi papá que era diferente, que era un hombre como otro cualquiera, ahora parece que está en las nubes. Voy a sacar a las perras. No soporto los domingos, mima.

Manuela. Todos los domingos son iguales. Voy a cocinar el pollito como les gusta, aquí todo el mundo durmió todo lo que quiso hoy. Claudia, ponme una musiquita bonita antes de salir.

Claudia enciende el equipo, selecciona una carpeta que se llama ABUELA, se escucha a Elena Burke cantando De mis recuerdos. Manuela tararea mientras pica el pollo.

Torbellino

27 de enero de 2019 – 19:45:12

La mesa está servida.

Esteban. Qué rico te quedó el pollo, mima.

Manuela. Esto es puro colesterol, no le quité el pellejo por Arístides.

Esteban. A mí también me gusta así, tiene mejor gusto.

Claudia. Papi, tengo que decirte una cosa.

Esteban. ¿Qué cosa, mariposa?

Claudia. No te vayas a poner bravo, es una bobería.

Esteban. Ya empezamos mal.

Manuela. Mijito, deja que la niña hable.

Esteban. ¿Tu abuela sabe cuál es la bobería que me quieres contar?

Claudia. Nada, no es nada, es una bobería de verdad. Es que Carlos y yo somos novios.

Esteban. ¿Quién es Carlos?

Claudia. Carlitos, el hijo de América.

Esteban. ¿El personaje de Carlitos? ¿El de la esquina? De ese estoy oyendo yo hace años.

Manuela. El chiquito no es un mal muchacho, Esteban, siempre lo veo haciendo cosas. Él hace eso de alquilar películas. Es tranquilo.

Arístides. Voy a llevarle los huesos a los perros. Aquí hace calor.

Esteban. Claudia, ven acá, aclárame algo, ¿se hicieron novios de un día para otro?, ¿yo fui el último en enterarme? Dime para saber.

Claudia. Papi, es que tú te pones así siempre, fue poco a poco, nos enamoramos y ya.

Manuela. Allá al lado hay bronca todo el tiempo, vamos a conversar tranquilos. Esteban, la niña no ha hecho nada malo. Ella tiene dieciocho años y bastante que cuenta con su familia.

Esteban. Conmigo no contó.

Tocan a la puerta. Es Carlitos. Carlitos usa un perfume escandaloso.

Carlitos. Buenas noches. ¿Puedo pasar?

Manuela. Claro, mijo, iba a colar un cafecito.

Esteban. Buenas.

Claudia. Ven, siéntate aquí.

Esteban. Entonces…

Arístides regresa con el cigarro apagado, el cigarro en su mano suelta un humo exageradamente intenso.

Arístides. Los perros no quieren comer. No paran de ladrar. Me voy a volver loco.

Manuela. Esos perros se asustan con cualquier cosa.

Esteban. ¿Cuántos años tú tienes, Carlos?

Carlitos. Tengo veintiuno. Dice mi mamá que les manda saludos a todos.

Entran los perros a la casa armando un alboroto, los tres perros ladran cada vez más fuerte. No saben por qué, pero Manuela y Arístides empiezan a reírse, después Claudia y Carlitos, todos se ríen, menos Esteban. Los perros ladran como locos y dan vueltas por los asientos y la mesa. Los perros se mueven frenéticos. Menos a Esteban, a todos les parece una escena graciosa.

Torbellino

26 de enero de 2018  – 11:00:30

Arístides y Arturo conversan fuera de la casa de Manuela.

Arístides. Arturo, tú estás gordo.

Arturo. Oye, deja la gracia. ¿Y Manuela?

Arístides. Anda cocinando algo, como siempre. Necesito comprar cigarros.

Arturo. Eres una máquina de fumar.

Arístides. ¿Y tu novia?

Arturo. Bajito, compadre.

Arístides. Y…

Arturo. Bueno, mira qué clase de rubia.

Arturo le muestra una foto en la pantalla de su móvil.

Arístides. Se parece a Rebeca Martínez.

Arturo. Qué va a parecerse esto a la flaca mala esa.

Arístides. Se parece.

Arturo. Coge.

Arturo le da un billete.

Arturo. Déjale el vuelto a Manuela para que compren comida en la casa.

Arístides. ¿Por qué no se lo das tú?

Arturo. Yo no le hablo.

Arístides. Mima te extraña. Yo te juro que no le voy a decir nada de Rebeca ni a ella ni a Esteban que está pesado.

Arturo. Me vas a meter en una clase de lío con la lengua esa. ¿Y la camisa que te compré? Andas como un pordiosero, viejo. Manuela no te puede vestir mejor.

Arístides. Rebequita, tu novia, es la que me va a vestir a mí.

Arturo. Compadre, dale, anda.

Arístides camina muy rápido. Arturo mira la foto de su amante. La mira por un rato largo, hasta que entra a su casa.

Torbellino

27 de enero de 2019 – 20:32:05

Sonidos enrojecidos. Sonidos púrpuras. Sonidos negros, grises y eléctricos. Una avalancha de estruendos: el motor de un avión que cae infinitamente, denso, pincha la superficie, los motores de aviones que se precipitan sobre el suelo como gotas de lluvia. Todo se hace chillido. La casa chilla sobre sí misma. Chillan los postes y los autos y el suelo. Todo chilla cuando se va la luz. Todo chilla entre el cielo y la tierra. El mundo empieza a abrirse por el centro y nos raja las entendederas. Se desprende del suelo la pared. Te quedas parada en el centro de la casa. Abres la boca y también tú te elevas con los escombros y los restos de vida móviles por la bola roja acelerada. Una bola de fuego y golpes estridentes. Cientos de toros rojos en una corrida. Así debe escucharse la guerra, te imaginas que suena así, esto es peor que un huracán. Te dirán que es un fenómeno natural. El embudo chirriante se detiene sobre tu casa. Un campo electromagnético. No te puedes agarrar de nada. Eres tú y la rabia de un vórtice rompiéndose sobre tu córnea. Te elevas como tu casa. En unos segundos, desapareces. Fueron unos segundos de sonidos enrojecidos que repetirás infinitamente tratando de comprender los hechos. Dando giros aéreos, confundiéndote con todos los objetos, piensas si visitarás un lugar más allá del arcoíris. En eso piensas mirando por encima de tu casa al tornado, enfrentándote a él sin decir una palabra.

Torbellino

27 de enero de 2019 – 23:50:20

La casa de Manuela no existe. El ambiente general es el de la devastación. Carlitos alumbra la escena con su móvil. Todo está en penumbras. Dixie y Drinki han huido. Dixie y Drinki aparecerán dos días después del tornado, llegarán a lo que era su casa dando alaridos eufóricos a causa del hambre. Malú no aparecerá nunca más. Arístides está acostado boca arriba, las losas con arabescos pesan sobre su espalda; el olor a remolino, la sensación remolino, empujándolo en el suelo. Ahora se escuchan sirenas de bomberos y policías. Arístides mueve las manos a la velocidad de un tornado. No para de mover las manos a la velocidad de un tornado. Claudia está arrodillada junto a Arístides con la lámpara de su móvil activa. Arístides desvaría hace horas. Carlitos inspecciona la casa, valora los daños, saca conclusiones, usa una linterna de su llavero. El perfume de Carlitos tiene muy buen fijador. Claudia prefiere no pensar demasiado en los hechos para no llorar.

Arístides. Compañero militar.

Claudia. Tío, vamos con nosotros para casa de América. Esperemos allá. Hay que moverse para allá. Todos están buscando a mima. En la casa de Arturo no hay nadie.

Arístides. Nos preparan para salir a un ensayo militar. Llevaba dos semanas sin salir de pase. Compañero militar. Míreme a los ojos. Mírame a los ojos. Yo no me quedo callado. Tú sabes, a mí me metieron en un calabozo.

Claudia. Arístides, vamos.

Arístides. Y dice que no se puede dejar la posta, que hay que estar en la posta y aguantar el arma.

Claudia. No sé qué hacer. Le hablo y no me responde. No sé qué hacer. Mi papá se está demorando mucho. Arístides, párate, vamos.

Claudia se levanta y se acerca a Carlitos. Carlitos ya tomó decisiones.

Carlitos. Coge toda la ropa tuya, mete toda la ropa en una bolsa y llévatela. A ustedes los van a albergar porque esto es daño total, esto no es derrumbe parcial. Hay que estar claros cuando pregunten qué pasó, describir exactamente cómo fue, lo que vimos, lo que no vimos. Yo te puedo ayudar. Mira, la cama tuya está intacta. Hay que llevarla para casa de mi mamá, decimos que nunca estuvo ahí. Los de comunales deben estar más cerca y es mejor si no la ven. Yo sé lo que te digo. Tranquila, todo va a estar bien. En mi casa te puedes quedar tú, esa es otra opción. Manuela va a aparecer, pero no hay que perder tiempo.

Arístides. Y dice, compañero militar, firme. No me van a dar pase. Si te vas de la posta, te vas. Compañero militar.

Claudia. Tío, recoge, vamos, ayúdame. Vamos a esperar a Esteban en casa de Carlitos.

Arístides mueve los brazos a la velocidad de un tornado. Claudia camina hasta algo que fue su cuarto, que mucho antes fue el cuarto de Arístides, empieza a recoger zapatos, ropas, todo está arremolinado, mojado. Carlitos se le queda mirando fijo a Arístides. Claudia llora con levedad.

Carlitos. Seguro aparece, asere, no te fundas. ¿Quieres fumarte uno de estos? Yo tengo cigarros buenos. La abuela de Claudia es inteligente, a lo mejor anda por ahí, debe estar accidentada o algo, no pensemos más de la cuenta. Párate del piso. Ayuda a sacar las cosas. ¿No quieres fumarte uno?

Arístides mueve los brazos a la velocidad de un tornado y cuenta cómo empezó todo, aún sin emitir ningún sonido, sin conocer las palabras. Carlitos pone la luz de su celular sobre los ojos de Arístides. Arístides no percibe la amenaza de esa luz, no sabe lo que ha sucedido.

Resiliencia

 La resistencia de La Isla produce un tema para Tercera Vértebra y Quinta Vértebra.

Tercera Vértebra. Pasa y agujerea. Crack. Crack. Crack. Gelatinosa vértebra, me digo, para qué escribes todo esto, para qué empezaste con esto.

Quinta Vértebra. Periodistas, policías, criminalistas, fotografían las calles, los daños, los restos. Pronto pasará la catástrofe y se quedarán sin melanina. Se quedarán sin ilustración. El peso horadado del testigo.

Tercera Vértebra. Si se quedan sin melanina, se quedan sin final. Tus crónicas sobre la catástrofe son mala poesía. No hay que usar esa palabra para todo lo que suene como calcio.

Quinta Vértebra. ¿Qué es un final?

Tercera Vértebra. Crack. Crack. Crack. La carne se abre liviana. Me salgo y escribo. No pienso en el final antes de pensar en el principio. Es una regla básica, anatómica.

Quinta Vértebra. Me digo a mí misma, ¿qué hacer con los hechos?, ¿qué hacer con las donaciones?, ¿cómo clasificarlas?, ¿colchones?, ¿frazadas?, ¿ropa de bebé?, ¿calzado de mujer? Usemos algún método internacionalmente probado, un método científico.

Tercera Vértebra. Por tallas, color, estilo, según la hipérbole y la metáfora y la lexicografía. Por talla. O hacemos una tabla en Excel y ponemos ahí una data. No seamos unas huesudas, ordenemos esto por el medio.

Quinta Vértebra. La Isla es mala con el principio, aburrida con el medio y pésima con el final.

Tercera Vértebra. Ya le rajamos la carne a La Isla, avancemos nosotras en esto. Es decir, organizar una estrategia de divulgación y promoción. ¿Podríamos usar el testimonio de una niña? Para empezar, prologar la catástrofe con la voz de una niñita que lo haya perdido todo.

Quinta Vértebra. Una niña de cuatro años. Su voz en off y en un papel dibuja una traducción del fenómeno con colores.

Tercera Vértebra. Mala poesía. El epílogo es la misma niña, mirando a cámara. Cada palabra que pronuncia es una palabra que traduce la velocidad del fenómeno.

Quinta Vértebra. Perdóname, eso no es un final. Piensa en todo lo que la niña no es. Mientras está rayando y dando colores al fenómeno hay algo, si mira a cámara, no dice nada, es puro fetichismo. Tienes un referente demasiado pajuato, mojigato, soso.

Tercera Vértebra. Yo puedo filmar ese final. El final puede ser una exploración sonora. La niña hace el ejercicio de reproducir el sonido del fenómeno. En un primer plano, la niña describe el recorrido del fenómeno, hasta que le salen lágrimas.

Quinta Vértebra. No me parece. Falso.

Tercera Vértebra. Hay que cerrar con una imagen que después pueda sustituir la catástrofe. Para que el espectador recuerde la catástrofe no hay que mostrarla. Es decir, que se recuerde el lagrimón de la niña y no la devastación.

Quinta Vértebra. Tengo ganas de vomitar. Crack. Crack. Crack. Leí que existen toda clase de huesos rotos. Fracturas y partiduras, pegarán huesos sobre huesos, sobre crack, sobre metal. La Isla quería que ordenáramos los hechos. Y aquí no hay hechos, todo se junta como una melcocha de accidente televisivo.

Tercera Vértebra. Empecemos por entender el tiempo, qué hubo antes y qué hubo después, qué se quemó antes y qué se quemó después. Tratemos de rastrear con exactitud qué sucede y cómo.

Torbellino

Mientras el cuerpo es arrastrado por EF4, el cuerpo hace preguntas.

Manuela ha sido arrastrada por el tornado. No hay manera de describir cómo sucedió. El tornado estaba ahí y en unos instantes Manuela se levantó del suelo y se vio arrastrada por una fuerza desconocida.

Manuela. ¿Cómo te formaste?

¿Cómo llegaste aquí?

¿Por dónde entraste y por dónde saliste?

¿A qué hueles?

¿Por qué hueles así?

¿Cuánto dura tu olor?

¿A qué velocidad me muevo?

¿A qué altura me muevo?

¿Te gustan estas cosas?

¿Las necesitas?

¿Para qué las necesitas?

¿Por qué no me respondes?

¿Eres sordo?

¿No quieres escucharme?

¿Sabes que soy un cuerpo?

¿Qué soy para ti?

¿Podemos volver?

¿Para qué me necesitas?

¿Me necesitas?

Entre todas las cosas que podías arrastrar, por qué escoges llevarme a mí.

Resiliencia

La Isla padece de un vacío inexacto.

La Isla. Cualquier acción sobre el impétigo, cualquier ungüento sobre la carne viva, cualquier bálsamo que me unte, no me ayuda. Ha crecido el marabú sobre mi epidermis. Viajábamos en patines y se nos reventaron los tobillos. Era una expedición solemne y nos contagiamos de la peste. Seguíamos una ruta en almendrones y nos atragantamos de lava bubónica. Arrastrábamos piedras del cobre y se nos hicieron quistes.

Intento relajarme, masajista, lo intento, aunque la Tercera Vértebra se me sale. Masajista, sigue la leyenda del EF4 y encontrarás el desastre reflejado en tu córnea. Donde más me duele, ahí, ahí donde me arrebata de picazón el impétigo. Cuánto más crece el ardor más conmovida me siento, más comprometida con los hechos, más necesitada de tus manos, Masajista Soviética.

Me arrebato, me pongo mal, se me enquistan las burbujas, me tengo que dar uña en la erupción. Cuando vives en una isla, usas las uñas para aliviar. Viajábamos en un helicóptero y chocamos contra una presa de agua estancada. Íbamos de la mano y nos saltaron encima macaos e iguanas salvajes. Lo que no se alivia con la uña se te pudre dentro.

Cuando te brotan celulitis es así de sencillo, de isla a archipiélago, a pliego terrestre, a tierra insufrible, a suelo craquelado. Me reventó el accidente hasta sacarme todo el pus del alcantarillado. La Masajista Soviética se especializó en eliminar celulitis, y así me quitó un poco de agotamiento de encima, me alivió la tristeza y la vaginitis de isla. Porque con la lástima no se avanza. Mi Quinta Vértebra es solidaria, escribe sus primeras narraciones sobre la casa, la casa y la casa. Hablemos de los perros de la casa. La rabia emperrada de los hijos de La Isla me causa tumoraciones. Son ellos, mis hijos, los que provocan las catástrofes.

Mi Tercera Vértebra es humanitaria. En estos casos hace falta entereza, buen gusto con los donativos, una campaña multitudinaria, pozuelos con comida, mochilas con esparadrapos y gasas, terapia, mucha terapia, algo que amortigüe la densidad de la pérdida.

La Masajista Polaca se especializa en la terapia de uña. La Masajista Soviética usa pegamento para que las uñas postizas puedan pintarse. Se derrama el esmalte de uña sobre mis ojos, mis párpados tatuados, un desastre, esto es el desastre del que quiero hablar al final. La revelación del esmalte de uñas cuando los reportajes me ensordecen. No me quedan bien los finales, ni me preguntes por el antes o el después; son los hechos, me digo, lo que cuenta. En donde la picazón se me revienta, ahí, úntame un principio lindo, no, esta agonía aletargada. Lo aguerrido del bálsamo es su ineficiencia.

Lanzan comida desde los autos, se arremolinan encima de los camiones de hamburguesas, nos arrebatan las botellas de agua, son unas bestias. Veo a mis hijos matándose por la comida. Y yo aquí, con mi Tercera Vértebra cuestionándome el final. Tomando infusión de mangle rojo, con mi Quinta Vértebra destacándose, planteándose las consecuencias del EF4, leyendo entrelíneas el Noticiero Nacional de Televisión. Dejo que la Masajista Polaca se gane su salario y que Tercera Vértebra le de voz a los perros. Dándome uña roja en las llagas veo pasar el tiempo, segundo por segundo, y no me aburro, me pica y me arde.

Torbellino

27 de enero de 2019 – 23:00:20

El desastre, en medio de la calle, se exhibe como el  final de todo lo conocido.

Esteban. Me tienen que ayudar con esto, qué van a hacer.

Bombero 1. Estamos en todo, vamos a encontrarla. Tiene que tranquilizarse.

Esteban. Mi madre salió disparada de la casa, cojones, qué hacemos.

Bombero 1. Mire, ahora tiene que estar tranquilo, hay muchas personas accidentadas. Vamos a encontrar a su madre. Hay bomberos y médicos por todo esto.

Esteban. La hemos buscado y no aparece.

El Bombero 1 está levantado una pared con ayuda de otro -acaban de volver del hospital materno, no están exhaustos-. Junto a ellos, eléctricos también recogen el cablerío del tendido eléctrico. Están muy ocupados.

Esteban. A quién le tengo que decir que esto acaba de pasar delante de mi cara, que acaba de pasar y que hay que hacer algo ahora mismo, no mañana, ahora mismo. Manuela Hernández acaba de ser arrastrada por un tornado y no sé para dónde coño se la llevó. Todo pasó de repente, ¿entiende? Puede estar en la calle, puede estar en un árbol, puede estar muerta, ¿entiende?

Bombero 2. Yo entiendo, hay una unidad de salvamento y rescate que está operando por esta área. Puede estar hospitalizada ya. No se preocupe, seguro sufrió algún daño y está hospitalizada.

Esteban. ¿Cómo cojones no me preocupo?

Bombero 1. Ciudadano, por favor, cálmese. Voy a ir con usted a su casa. Présteme una linterna de las grandes. Vamos juntos y tratemos de averiguar si se sabe de ella. Podemos ir a la unidad, cálmese.

Esteban. Es que no entiende.

Bombero 2. La vamos a encontrar. Yo le doy mi palabra de que va a aparecer sin un rasguño.

Arturo. Yo voy con él, yo también soy hijo de Manuela.

Bombero 2. Vayan a la estación hagan la denuncia.

Arturo. Mi hermano lo hizo ya. Han pasado unas horas y todavía nada. Necesitamos que nos ayuden.

Esteban. Vamos a la estación de policías de nuevo, vamos a ver si algo apareció.

Esteban y Arturo caminan como locos. Es la primera vez en mucho tiempo que caminan como hermanos.

Resiliencia

 EF4 spa

Masajista Polaca. ¿Te duele?

Masajista Soviética. Ni un tantico así.

Masajista Polaca. A mí tampoco. A mí me punza el oído interior.

Masajista Soviética. Eso afecta el equilibrio, la movilidad.

Masajista Polaca. Mira estos diseños de casa ecológica.

Masajista Soviética. Son muy lindos.

Masajista Polaca. Estos son diseños para muebles hechos con materiales reciclados.

Masajista Soviética. ¿Podrías ayudarme con las pestañas? Me pica mucho el ojo derecho.

Masajista Polaca. ¿No te habrá contagiado La Isla de algo? Mírale las uñas de los pies.

Masajista Soviética. Inmóvil.

Masajista Polaca. Demasiado inmóvil.

Masajista Soviética. Tiene un hongo.

Masajista Polaca. Es un problema el hongo.

Masajista Soviética. Mejor no se lo decimos.

Masajista Polaca. Le decimos que se alivia solo. Con un tratamiento a largo plazo. Le vendemos un paquete de tatuaje de cejas, uñas y antihongos.

Masajista Soviética. A La Isla le hace falta comprar un paquete para que no sea desproporcional su dolor con relación a su imagen.

Masajista Polaca. En estos casos catastróficos, prefiero mantenerme al margen, hablar de cualquier cosa menos del asunto. No soporto la miseria, mucho menos, la muerte.

Masajista Soviética. Eres cínica y búlgara.

Masajista Polaca. A mí tampoco me duele. Ni a La Isla le duele.

Masajista Soviética. Obvio que no te duele. Eres una masajista. Y las masajistas sabemos atenuar los accidentes distendiendo el dolor del dolor.

Masajista Polaca. El dolor es mental, obvio.

Masajista Soviética. El dolor de La Isla es mental, su inercia, su hongo, su asqueroso hongo.

Masajista Polaca. Pobre, le vendemos el paquete completo, con un descuento. Le hablamos de la crema de caracol africano, del tornado de 1948, para que se le reviva un dolor pasado, algo así como una guerra de diez años o una tregua fecunda. Una Revolución es un tornado.

Masajista Soviética. Obvio que le va a doler porque no le interesan los hechos. Le interesan sus vértebras de isla y su estilo neobarroco latinoamericano. ¿Quién le dice que se le mancharon los ojos para siempre? Se le quedó un halo negro en la córnea.

Masajista Polaca. Se quedó ciega La Isla. Eso me parece, que es débil visual o poeta o tonta.

Masajista Soviética. Alcánzame la máquina para arrancarle los pellejos del pie. Vamos a quitarle los pellejos a La Isla para aliviarla.

Masajista Polaca. ¿Quién le dice sobre los hongos?

Torbellino

26 de enero de 2018  – 11:35:30

Manuela pega el oído a la pared que separa su casa de la de Arturo. Arturo le da de comer a su perro de pelea. Arturo está mirando algo en la televisión. Manuela piensa que le habla a su hijo a través de la pared. Arístides entra y ve a Manuela haciendo un ejercicio de escucha. Arístides enciende un cigarro. Manuela sabe que Arístides ha entrado; también sabe que está inquieto. Si hay algo que mencionar de este día y esta hora es que el calor es tedioso y denso como una melcocha de caramelo que se ha pasado. En la cocina, se quema el azúcar prieta para el molde de un flan que nadie se va a comer.

Torbellino

31 de enero de 2018 – 11:11:22

Donde antes estuvo la casa de Manuela, Arturo trata de recordar quién era.

Arturo. A veces imagino que me escuchas. A veces pienso que estamos cerca, que me dices algo bien bajito al oído y me hablas desde siempre. A veces recuerdo que nada pasó, no ahora, antes, que no lo hiciste, que decidiste no joderme porque eres mi madre. Pero todo eso lo supongo. No te pregunto nunca más. Lo hiciste igualmente.

En este lugar todo me sucedió. El cuarto de Claudia era el cuarto donde yo no quería estar. Nos han caído veinte años encima. Y al entrar a la casa tengo ganas de que ese tiempo no exista. Pero yo sé que existe, que tiene su peso. Lo que ya no está siempre pesa más y me suceden cosas cuando estoy aquí.

Mis hermanos están durmiendo en mi casa, pensé que no se sentarían a comer en mi mesa otra vez y ahí están, silenciosos, devorándose lo que les sirvo. Les obligué a dormir en el cuarto de la segunda planta y no en esos albergues donde la miseria es demasiado grande. Yo no quiero que cojan las donaciones, no son unos muertos de hambre. Mis hermanos se sientan a comer y se quedan mirando fijo a este vacío donde estuvo la casa. Ayer recogieron los escombros unos niños. No teníamos ganas de ayudar a recoger y no lo hicimos. Yo no quise mirar cómo se llevaban todo. Pensé que no importaba si desaparecía este lugar, esta casa.

No me habla, no me escucha, no sabe que estoy en este cuarto en el que nunca quise estar: miraba al techo tirándome pajas y pensando qué vender. El mismo cuarto que ahora me parece un agujero. Como los huecos en la camisa de Arístides, como los huecos que me parten la cara. Estoy en el lugar en el que crecí y no siento nada porque no hay nada.

Y uno intenta imaginarse en ese vacío, porque el vacío es mental y yo creo en “el secreto”. Piensa en comprarse una casa mejor, en salir de un país y en separarse de lo que le hace daño. Aquí, en este lugar al que nunca quise volver, me pregunto por mi madre, a dónde se fue y si le dolió algo. Me pregunto por su cuerpo, sus huesos, sus vértebras. Nadie ha encontrado un rastro, vienen y preguntan estupideces y yo quiero que regrese.

En esta habitación en la que no quería estar y pasaba la noche con los ojos abiertos, aquí, en mi colchón de ochenta centímetros, recuerdo que éramos felices, que no estábamos tan solos. Ahora vivimos agujereados como podemos. Nos sentamos a comer a mi mesa, Arístides está inquieto, Esteban me trata raro, Claudia llora todo el tiempo. Si puedes escucharme, no me escuches.

Torbellino

30 de enero de 2019 – 21:20:10

Se escuchan los ladridos de los perros fuera de la casa. Claudia está en la casa de Carlitos, los perros están afuera.

Claudia. Es que Dixie y Drinki no paran de ladrar, Malú no se sabe dónde está. Los perros volvieron, pero no son los mismos. Dice tu mamá que los perros saben más que nosotros de todo.

Carlitos. Están vivos, eso es lo que importa. América es así.

Claudia. Manuela no aparece en ningún hospital. Nadie sabe nada. Yo espero lo peor. No sé ni qué espero.

Carlitos. ¿Tú crees que se fue volando con el tornado ese?

Claudia. Esto no es una película, Carlitos, es mi abuela.

Carlitos. Ayer tuve un sueño extraño. No sé, la vi a ella en el aire y ella le preguntaba cosas al tornado y el tornado le respondía que todo estaría bien, que ustedes estarían bien.

Claudia. No estamos bien, no tenemos casa, no tenemos nada. ¿Tú crees que estamos bien?

Carlitos. Yo sé lo que quiero decir, Claudia. Nada, tu familia está junta, al menos no se han tenido que ir para un albergue, no sé. Arturo se ha portado súper bien.

Claudia. Es que los perros no son los mismos, mi cabeza no es la misma, ya no tengo nada. Tú le viste la cara a mi papá y a mi tío, a Arístides lo cuidaba Manuela, yo lo veo tan mal desde esa noche. Yo no puedo más. A mima le pasó algo muy malo, yo sé, puedo sentirlo.

Carlitos. Mira, no pasó nada que pudiéramos cambiar. Ese es el lío, que no podemos hacer nada. Mejor pensar en otra cosa.

Claudia le da la espalda a Carlitos y como si repitiera los gestos de Manuela sale con dos cacharros muy hondos llenos de comida.

Carlitos. No te conté el final del sueño.

Claudia. Ay, Carlos.

Carlitos. El tornado hablaba, le hablaba a Cuba; a ver, como si fuera una batalla o algo fantástico y Cuba le respondía incoherencias al tornado. No sé. Como si todo sucediera en la antigua peluquería, donde trabajaba mi mamá.

Claudia. No entiendo.

Carlitos. Nada, no me acuerdo bien. Manuela salía como bailando y Malú jugando con ella.

Claudia. Dixie y Drinki tienen tanta hambre.

Carlitos. Oye, tu tío Arturo dice que vayamos a comer para allá.

Claudia. Es como si nunca hubiera pasado nada entre ellos, como si Arturo y mi papá nunca se hubieran fajado.

Carlitos. Las familias son así.

Claudia. ¿Por qué el nombre de mi abuela no aparece por ninguna parte, no está en ninguna parte? Nadie sabe nada.

Carlitos. Va a aparecer.

Claudia. Lo perdimos todo.

Carlitos. ¿Qué es todo?

Claudia. No sé.

Carlitos. Tu tío Arturo me está llamando al móvil. Deja los perros aquí, tranquilitos, que están demasiado inquietos.

Claudia. Estos perros van a donde yo vaya.

Resiliencia

Debí escribir un poema, no volveré a ser yo.

La Isla. Hasta este punto había intentado no partirme en dos el cuerpo. Me desgarré y mutilé muchos siglos atrás; pero intenté hacerlo despacio, evité dejarme la carne descubierta en toda su acidez. Me siento ácida cuando mi cuerpo siente asco. Me siento ácida cuando lo salado se me desparrama dentro. Soy ácida cuando llega el final y me voy a quedar ácida, porque soy ácida como un terruño de acidez que debe sobrevivir al final y al final.

Presiento que no seré la misma, tendré escaras, estaré agujereada, se me oxidará lo que nombraron tornado y el efecto tornado y la edad tornado. No seré la misma tras la secuela. Tampoco seré la misma tras el desgaste de un tanque de hierro que cae sobre mis rodillas, desde una altura de cien metros. Soy una isla chea. En un spa intenté quitarme toda la chealdad de lo terrible, pero no se me quita el ácido, cuánto más lo intento, más tardo en venirme.

Huracanes, ciclones, accidentes, choques, camiones, incendios, hundimientos, fracturas y multiataduras. Me han desgajado, desguabinado. Escupo desde dentro un pánico infantil por no pertenecer, no pertenecerme ni en broma ni verdaderamente, me excito y me aburro. A la velocidad de un tornado rasgo uñas y ojos y pestañas. Me saco lo negro de isla y no es recurso natural, es mi condición de chapapote nauseabundo; no se puede remediar, soy frígida.

Jugando a creer que existo, me construyo el paraíso en el spa de mi mejor amiga. Con el cuerpo hecho polvo no se puede pensar ni sentir. Viajábamos en una bicicleta sin gomas y nos miramos de cerca sin mirarnos. Yo no sé montar bicicleta, era evidente que me partiría en dos la frente, que perdería los dientes, que el hongo y el herpes se foguearían por el final aletargado. Nunca sentí nada. Alguien dice hambre y me parece que habla de mí, de la barbarie, de tanta acidez y sal y desgarramiento. Me parto en dos.

Torbellino

28 de febrero de 2019 –15:40:18

Arístides fuma un cigarro sobre el terreno baldío en el que antes estuvo su casa. Se trata de uno de esos días nublados, un jueves cualquiera. La calle está más silenciosa de lo habitual, últimamente la calle está muy silenciosa y el sol empieza a ser más insoportable.

Arístides. Manuela, ¿te acuerdas? Yo estaba pensando que no me gusta que no estés aquí. No me gusta que no esté la casa. Nada de esto me gusta. Manuela, ¿tú sabes que el compañero militar me disparó entre los ojos? Lo vi apuntándome a la cabeza y me fui corriendo. Esa es la verdad. Mírame la camisa, mírame, mira mi barba. Arturo me cuida, Manuela, Arturo te quiere y tú quieres a Arturo. Arturo me cuida mucho. Esteban siempre está extraño, mastica las palabras, le cuesta soltarlas. Cuando me desperté, lo único que yo quería era correr el tiempo atrás. Quiero hacerlo ahora. Quiero que el tornado no pase, quiero que estés aquí. ¿Eso quieres? Él me miró a los ojos, pero él no era como el tornado, era peor, quería venganza. El tornado no sé lo que busca. El compañero militar me esperaba en la posta. ¿Qué buscas? Te acuerdas que se me fracturaron las vértebras. Mami, ¿me recuerdas? Nos van a dar para hacer la casa, no se sabe cuándo, pero lo harán. Aquí ha venido mucha gente y hemos ido sacando todo. ¿A dónde te fuiste? Estuve unas semanas metido en el calabozo en el servicio, todo antes del disparo. Me quería disparar desde mucho antes. Pero eso no lo sabes. Bueno, ya no lo sabes.

Arístides se queda en silencio y termina de fumarse su cigarro. Su hermano Arturo ha estado espiándolo desde que salió de su casa y volvió a las ruinas de la casa de Manuela. Arístides apaga el cigarro. Mira al cielo. Esteban viene con unas jabas llenas de comida.

Esteban. Arístides, ¿en qué andas?

Arístides. Nada.

Esteban. Vamos a seguir, vamos a encontrarla.

Arístides. Manuela está bien, Esteban. Manuela está bien.

Esteban mira a Arturo, sabe que ha estado ahí desde antes.

Esteban. ¿Te sientes bien, Arístides?

Arístides. Una bala en mi cabeza. Una bala. Dame dinero que me quedé sin cigarros.

Esteban pone las bolsas en el suelo y le da dinero a Arístides. Arístides toma el dinero y se va. Arturo le enseña una botella de ron a Esteban desde la ventana de la casa. Esteban quiere ir a beber con su hermano. Manuela le dijo a Esteban hace casi diez años: Amo esta casa, cuídala como yo. Esteban piensa que dentro de poco levantarán esa casa o que quizás les den otra, todavía no se sabe.

Torbellino final

30 de enero de 2019 – 16:38:44

Dixie y Drinki llegan al lugar donde antes estuvo la casa. No se sabe de dónde vienen los perros. Lo único que escucho es un ladrido intenso que durará doce días, un sonido rítmico y rimbombante como un final.

Dixie. Hambre.

Drinki. Mucha hambre.

Dixie. Más hambre.

Drinki. Mucha más hambre.

Dixie. Hambre. Hambre.

Drinki. Hambre.

Dixie. Hambre. Hambre. Hambre. Hambre. Hambre.

Drinki. Mucha hambre. Más. Hambre. Toda el hambre. Me hambre.

Dixie. Me hambre me hambre me hambre me hambre me hambre me hambre me hambre.

Drinki. Comida. Co-mi-da.

Dixie. Jama. Ja-ma.

Drinki. Papa. Papa. Papa. Papa. Papa. Papa. Jama. Papa. Jama. Hambre.

Dixie. Bo-niato con caldo de pollo, con huesos de pollo, con pellejos de pollo. Bo-nia-to.

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