Tout cela/todo eso: poemar como tocar; tocar para abrir un más allá de sí, de la travesía.

Bertha Díaz

Género: Poesía

Autorxs: Pascal de Neufville/ Flora de Neufville

Título de la obra: Tout cela / todo eso

Año: 2019

Editorial: Turbina

País de origen: Ecuador

Ahí donde la experiencia vital genera una excedencia, la poesía adviene como posibilidad no para acogerla o dotarla de sentido, sino para –unas veces con delicadeza y otras con fiereza, o en el cruce de ambas- acercarse a ella, rozarla y acunarla con su propia piel, aunque esto sea dificultoso. Además, para intentar que la potencia que ese suscitar abre, alargue su tiempo de existir para gozar del fulgor que produce o, quizás, para excavar un poco más en él, para exclamarse en él, para que un no sé qué de dicha excedencia o de la provocada por los otros acontecimientos que de ella se desprenden: el de la escritura, el de la lectura, el del poema como entidad autónoma, continúe… Como si se tratara de una urgencia para que revele un algo o, bien, que aquello siga encriptándose pero que delate que hay ahí un incesante azuzar de vida.

Pienso en esto mientras leo una y otra vez Tout cela / todo esto, que contiene textos de Pascal de Neufville y cianotipos de Flora de Neufville, coautorxs de este libro, padre e hija, compañeros en el viaje por la extrañeza de la existencia. Desde hace más de un año, cuando Turbina lo publicó, me acompaña uno de sus ejemplares que cuido como si se tratara de un tesoro tan accesible como incomprensible, tan diáfano como misterioso. Llego siempre a él con el arrojo y el asombro de una infante, pero también con la tensión de alguien que no sabe cómo continuar en el juego que implica vivir.

Siento la piel de la escritura, sus poros abiertos. La siento como una piel dedicada a percibir y sostener el aroma de aquello en donde el hombre se debate con su naturaleza antropomórfica y con las fuerzas animales, minerales, cósmicas, vegetales que en él también habitan.

Leo los textos que contiene y me llegan destellos de esos primeros poemas que Pascal me enseñase alguna vez, contenidos en un pequeño cuaderno, en donde siendo un adolescente trabajaba su inquietud desmesurada por el ser y el estar vivo. Se trataba de un diario de pasajes labrados por un suerte de ser indómito que para sostener esa excitación vital, tenía que estirar los límites de la lengua, desmembrarla y reinventarla. Textos en un francés que no parecían de un joven, por su tratamiento y conocimiento. Y a la vez –quizás por lo mismo- en un idioma que, a través de él, se jugaba su revés justamente para poder desplegar el revés del yo poético.

Ese fuego del escritor adolescente de otrora, quien luego se volvió músico, terapeuta, cuidador de un bosque húmedo-tropical, todavía está contenido en este poemario: queda su magma. Aunque hay una cantidad enorme de aire y agua en estos textos nuevos, generados por Pascal adulto (lo que se nota en una especie de pausa que los atraviesa, lo que es propio de quien ya tiene un mayor recorrido en la vida, así como en la clave poética), la incandescencia está y me atrevo a decir que es lo que provoca que todo pendule de un estado a otro, de un misterio a otro, de un casi a un golpe, de un resplandor a una sombra.

Cabe decir que los poemas están dispuestos en dos lenguas: en francés (lengua materna) y en español, la lengua de la actual escritura de Pascal, que es también la lengua de su casa, Quito, Ecuador. El libro va generando una suerte de espejo de una lengua a la otra. Lo que ocurre en cada una de ellas es de una gran belleza también, porque se va revelando la genealogía sensible de cada cuerpo idiomático y –por ende- dota de otros alcances a su escritura. Y bello es, al mismo tiempo, ese sustrato intraducible que hay entre dichas lenguas, así como el notar aquello que cada lengua atrapa o no, o lo hace en medidas o modalidades distintas.

Los poemas, sin embargo, no son los únicos que se exploran desde lo doble, o que se desdoblan. Lo poético en el libro tiene igualmente, como dije en párrafos precedentes, dos lenguajes para explorarlo; por ende, dos pliegues (y más): el articulado por las palabras y el que se levanta gracias a los cianotipos. Ambos conceden estados precisos, una generación de afectos singulares.

Así como el recorrido por los poemas me ha llevado a transitar fuerzas a veces mansas y otras indóciles, siempre he podido ganar una especie de reposo en el otro tempo que está contenido en el libro: el posibilitado precisamente por los cianotipos de Flora. En algunos momentos solo abro las páginas para invitarme a estar en la simpleza y a la vez profundidad de ellos; en esa suspensión que provocan: una particular contemplación se produce y quita toda necesidad de adjetivación de la experiencia propia que se abre al encuentro con las experiencias que han propiciado los poemas o que despliegan ellos.

Otras veces siento los cianotipos como espejos donde se reflejan los textos y muestran la síntesis de su rostro. También, como cómplices de ellos, como su contrapunto, como epílogo de los mismos o como huellas de eso que no puede contener la palabra pero que reclama con suavidad su lugar para seguir siendo, para exponerse de otra manera. Curiosamente, en esa aparente monocromía del cianotipo se produce un devenir constante y extenso de matices, así como un devenir de un ser suscinto que acopia el sustrato de Todo.

Entro a este bosque poético de palabras e imágenes. Pienso para mí: el bosque siempre es un ser-espacio tan extraño, tan inacabado, tan contenedor de nacimiento como de muerte, tan testigo del movimiento que no cesa. Soy también un bosque, reviso, mientras lo reviso. ¿Acaso no todas las vidas lo son? ¿Acaso no todos los lenguajes pueden parir bosques que contienen infinitas variables de vida?

Una especie de poética tan material como mística surgida del tocar con la palabra y las imágenes el mundo de afuera y aquel del interior, es la que se abre con este libro. Me detengo en ciertos versos que contiene, para detener también mis balbuceos surgidos frente y con el libro, para dejar que un centelleo del mismo sea el que cuente cómo pacta con el movimiento, cómo habilita una suspensión fuera de los bordes de lo conocido, cómo transita en una dirección siempre nueva de todo eso.

(…) En esta danza de los orígenes se manifiesta el ritmo secreto / firma única de los sueños de la oscura materia, / suave envoltura pulsativa que algún día me abandonará.

Entonces en este enderezamiento que ha permitido que mis ojos / alcancen el horizonte, que mi voz llegue lejos, que mis / manos dibujen sobre la tierra la forma de las nubes.

Entonces desde la miríada de opuestos que moldean este cuerpo humano,/ un soplo desde adentro se diferenció y logró decir “yo”.

Espada centelleante y afilada que pudo reflejar tanta luz y / derramar tanta sangre, que nutrió tanto nuestros cuerpos/ de memoria y relación.

(…)

Sima de luz contemplando el juego furioso de los opuestos (p.63).

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