Alicia

Por Alicia Ortega Caicedo
Universidad Andina Simón Bolívar

Supervivencias de las luciérnagas (2009), de Didi-Huberman, es un libro al que he vuelto en varias ocasiones desde el año pasado. Una, dos, tres veces, en diversos momentos. Releo mis propios subrayados, que son muchos, en distintos colores, acompañados de asteriscos y signos garabateados que cifran las intensidades de mi propia lectura. Estas lecturas han sido repetitivas, fragmentadas, espaciadas, incompletas y sin ningún orden. Quiero aquí decir lo que me cautiva de este libro en concreto, para articular la idea matriz de esa experiencia lectora con las marchas convocadas en los últimos meses alrededor de la despenalización del aborto. Didi-Huberman reflexiona acerca del sentido que tuvo para Pier Paolo Pasolini la cuestión de las luciérnagas, en cercano diálogo con su obra cinematográfica, su vida y sus escritos. Para ambos pensadores la danza de las luciérnagas anuncia un momento de gracia, frágil y fugaz, que podemos experimentar para resistir al mundo del terror. Ese mundo propio de la historia política de nuestra oscura contemporaneidad. El resplandor de las luciérnagas aparece como metáfora de una luminosa capacidad de resistir, del derecho a la alegría inocente y poderosa.

En los últimos años antes de su trágica muerte, Pasolini desarrolla en algunos textos y entrevistas la tesis acerca de la muerte de las luciérnagas. Una lamentación fúnebre, observa Didi-Huberman, sobre el momento en que en Italia desaparecieron las luciérnagas: en el sentido literal-ecológico, a causa de la polución atmosférica y del agua, así como en el sentido poético-político –esas “señales humanas de la inocencia” aniquiladas por la noche (o los feroces reflectores) del fascismo triunfante. El cineasta diagnostica a inicios de los setenta una suerte de genocidio cultural, que habría acabado con los valores, los lenguajes, los gestos, los cuerpos del pueblo, en una época de dictadura industrial y consumista. El carácter trágico y desgarrador de tales protestas, advierte el ensayista francés, reside en que Pasolini se haya visto obligado a abjurar durante sus últimos años de lo que había constituido el centro de su fuerza poética, cinematográfica y política: reconocer la capacidad de resistencia histórica de las culturas populares que sobrevive, pese a todo, en la memoria del argot, los tatuajes, las mímicas, los gestos, el sistema de relaciones con el poder… Es ante esa mirada apocalíptica –aquella que declara la muerte de las luciérnagas– que reacciona Didi-Huberman para pensar otras maneras de responder ante esa innegable realidad: “Una cosa es designar la máquina totalitaria y otra otorgarle tan rápidamente una victoria definitiva y sin discusión”. Si fuera así, continúa, significaría no ver, porque de la mirada se trata, el espacio de las aberturas, de las posibilidades, de los intersticios, de los resplandores, de los pese a todo.

Se pregunta el historiador del arte si verdaderamente han desaparecido las luciérnagas, si emiten todavía (pero dónde) sus maravillosas, pasajeras y discontinuas señales intermitentes. Cercano a la obra de fotógrafos e investigadores en fenómenos de bioluminiscencia, Didi-Huberman se pregunta si no se trata más bien de reconocer que las luciérnagas desaparecen de la vista de una persona porque quien mira se queda en el mismo lugar (que ya no es el lugar adecuado para percibirlas, porque las luciérnagas se movieron).  Hay razones para el pesimismo, apunta, pero por eso mismo resulta necesario abrir los ojos en medio de la noche, desplazarse sin descanso, ponerse a buscar luciérnagas, romper el duelo y la inmovilidad. Hay que verlas en el presente de su supervivencia: “la danza vibrante de las luciérnagas se efectúa precisamente en el corazón de las tinieblas”. En otro momento, siguiendo la ruta de Pasolini, Didi-Huberman, afirma, “porque no son las luciérnagas las que han sido destruidas, sino más bien algo central en el deseo de ver –en el deseo en general y, por tanto, en la esperanza política”. De la mano de esta lectura, reconozco en las últimas marchas lideradas por mujeres/feministas/trans/lesbianas “imágenes-luciérnagas”.  Son marchas que congregan una verdadera masa humana, alegre, comprometida y luminosa en donde es posible ver la danza del deseo formando comunidad, una comunidad viva y resplandeciente, portadora de una belleza única.

8 de agosto de 2018. 28 de septiembre de 2018. 8 de marzo de 2019. Vuelvo a las imágenes fotográficas que muestran las noticias de los medios en internet, y a las que preserva la memoria de mi propia participación en esas masivas concentraciones de marchas y plantones convocados. ¿Qué veo allí? ¿Qué vi allí que me conmovió tanto?: mujeres, de diferentes edades, alegres, empoderadas, que gritaban, brincaban y reclamaban juntas, con pañuelos verdes amarrados en las cabezas o en las muñecas, con pintura verde en los rostros o en otras partes de sus cuerpos, sosteniendo carteles y pancartas, haciendo sonar los tambores, exigiendo con potencia unísona, plural y multiplicada el derecho al aborto libre y seguro. Mujeres de mi edad, mujeres mayores a mí, cientos de jóvenes seguras de sus derechos, de sus demandas, de sus palabras, niñas pequeñas subidas en los hombros de sus madres, entonando todas los lemas y canciones que anuncian la caída del patriarcado. Y estoy yo allí, junto a María, gritando y cantando ambas. Más importante todavía, enunciando esa palabra hasta hace poco impronunciable en la esfera pública para mujeres de mi generación. Una palabra acostumbrada a ser verbalizada con el cuerpo pegado a la culpa, al dolor, a la cicatriz que nunca deja de abrirse porque pervive en una memoria corporal que debió renunciar al relato de la experiencia vivida. Porque de una experiencia solitaria, culposa, oscura se trata. Una experiencia de la que solo se podía hablar en voz muy baja, en susurro, somatizando siempre. Útero, sangre, camilla, silencio. Palabras-imágenes rotas. Imágenes desprendidas de una vivencia lejana, ligada a episodios que pensabas habías olvidado, sepultado, clausurado. Imágenes clandestinas y paralizantes, largo tiempo ocultas, largo tiempo inútiles. Desde y con mi cuerpo he podido darme cuenta cómo la palabra “aborto” se desprende, de a poco y solo un poco, de esa mácula que la ata al infierno de un territorio hostil, peligroso, condenatorio, en donde era cautiva de una situación sin salida. Ahora, en el presente, esa misma palabra se carga de una nueva fuerza que la destraba y la libera para colocarla en el terreno de la lucha política. De una fuerza que le imprime la posibilidad de la demanda, de ser articulada en colectivo y en voz alta, sin vergüenza, con dolor pero sin culpa, de configurar alternativas y pensamientos esperanzadores. “Sucede incluso, insiste Didi-Huberman, que las palabras más sombrías no sean las palabras de la desaparición absoluta, sino las de una supervivencia pese a todo cuando han sido escritas desde el fondo del infierno”.

El aborto en Ecuador: sentimiento y ensamblajes, de Soledad Varea Viteri (ganador del Premio Manuela Sáenz entregado por el Municipio de Quito el año pasado) también ha sido fundamental para mí en este proceso de lecturas y reflexiones. Soledad se pregunta qué efectos tienen las discusiones públicas alrededor del aborto sobre los actores y los territorios. Los actores que incluye en su trabajo de campo en la recopilación de testimonios y entrevistas son: el movimiento feminista (clases medias intelectuales, sectores populares y estudiantes), la Iglesia católica y los grupos conservadores de élite autodenominados provida, mujeres indígenas (comunidades y movimientos sociales), funcionarios públicos del Estado (la burocracia que resulta puente entre el Estado y sus usuarias). Se trata de un valioso trabajo que nos invita a pensar la ciudadanía de los afectos que surge a partir de los debates alrededor de la vida y sus significados, la pregunta por el sentido de la vida que está presente en las acciones públicas, las nuevas alianzas entre feminismos espirituales y movimientos ecologistas en el reconocimiento que la degradación ambiental afecta el bienestar de la naturaleza y del cuerpo, el papel de los sentimientos en el quehacer político, las rutas de muertes maternas que finalmente se convierten en lo que Soledad denomina “antibiografías subalternas”. La revisión cronológica de los debates en el país, así como el trabajo de archivo y las discusiones teóricas alrededor del Estado patriarcal y la esfera pública de las emociones, me permite reconocer que las condiciones de posibilidad para la emergencia de una escena como la que describo en los párrafos anteriores; es decir, una comunidad-luciérnaga de mujeres que se toma las calles en capacidad de demanda, ha sido posible como resultado de una larga historia de resistencias y luchas de mujeres autoconvocadas y colectivos militantes, de comadres y parteras, de amigas y vecinas, que no han dejado de emitir sus señales luminosas allí en donde coinciden esperanza y memoria, aun en medio de la oscuridad, la violencia, el sinsentido. Puedo ver en las marchas lideradas hoy por mujeres el resplandor de las luciérnagas en el presente de su supervivencia. Las marchas lideradas por mujeres como imágenes-luciérnagas pueden ser vistas no solo como testimonios, sino también como profecías… “arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer; abajo el patriarcado que va a caer, que va a caer”… De nosotras depende hacer aparecer a las luciérnagas.


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