Ser nordestina: autofiguración en La hora de la estrella de Clarice Lispector

María Auxiliadora Balladares
Universidad San Francisco de Quito USFQ

La pregunta que he imaginado como disparador de este breve ensayo es una que se plantea Olney en sus reflexiones sobre el género autobiográfico: “¿qué queremos decir cuando decimos ‘yo’?” (6). En Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector de Benjamin Moser, su autor se refiere a una declaración de Clarice en la que sostiene lo siguiente: “Hay algo que me gustaría decir y que no puedo. Y será muy difícil que alguien escriba mi biografía” (46). Inmediatamente, Moser se cuestiona si esta dificultad tiene algo que ver con “la violación de su madre, uno de los hechos cruciales de su vida” (46). En el relato biográfico que escribe el estadounidense, en el preciso momento en el que explora la vida de sus padres y de sus hermanas antes de su nacimiento en 1920, cobra sentido su cuestionamiento; se trata de una suerte de jugada efectista que por supuesto conmueve profundamente cuando trata de dilucidar las terribles circunstancias de la violación que padeció Mania Krimgold en uno de los miles de pogromos que ocurrieron en Ucrania después del fin de la Primera Guerra Mundial. Aquí, sin embargo, quiero proponer una respuesta que quizás es menos efectista que la de Moser a la pregunta alrededor de aquello que Clarice no puede decir, pero que nos lleva a uno de los recursos narrativos recurrentes en su última novela publicada en vida, La hora de la estrella (1977). Ahí, el narrador, Rodrigo S.M., repite varias veces la pregunta: “¿quién soy yo?” (17), poniéndola en boca de Macabea, su protagonista. ‘Quién soy yo’, repite el narrador, una y otra vez. Sospecho que la reiteración de esa pregunta nos remite a la real imposibilidad y a la lucha de Clarice; quizás lo que ella no puede terminar de decir, aquello ante lo cual el lenguaje parece fracasar, es la respuesta a la pregunta sobre quién es ella. Así, tal como ha sostenido buena parte de la crítica de la obra de Lispector, sus novelas, y con particular vehemencia esta última, significan el esfuerzo –fracasado o no– de decir algo sobre sí misma.

El título de la dedicatoria de La hora de la estrella reza: “Dedicatoria del autor (En verdad, Clarice Lispector)”. El juego de máscaras que se propone a partir de este título me lleva a pensar en la identificación que puede existir entre la yo autorial y el yo narrativo. Esa identificación, que desde la narratología sería nula, viene desde otra perspectiva crítica a ser una posibilidad que se plantea en diferentes grados dependiendo del proyecto escriturario. Es evidente un primer desfase en este ejercicio de identidad que tiene que ver con el género de la palabra “autor”. Este es masculino y, de lo que sabemos, Clarice se identificaba con el género femenino. El paréntesis, sin embargo, nos revela que, tras el sustantivo masculino “autor”, se esconde “Clarice Lispector”. Este guiño de ojo que se plantea en las primeras líneas de la novela viene al menos a problematizar la perspectiva según la cual esa identificación autora-narrador es imposible.  La dedicatoria, que entendemos escribe Rodrigo S.M. o, tras él, Clarice, cierra con las siguientes palabras: “Esta historia ocurre en un estado de emergencia y de calamidad pública. Se trata de un libro inacabado porque le falta la respuesta. Respuesta que espero, alguien en el mundo me dará. ¿Ustedes? Es una historia en tecnicolor, para que tenga algún adorno, por Dios, que yo también lo necesito. Amén por todos nosotros” (10). ¿Cuál es la pregunta que no tiene respuesta en este libro?

Si hay un personaje en la literatura latinoamericana contemporánea que conozco que me genere incertidumbre y al mismo tiempo certezas, este es Macabea. Para cerrar el círculo alrededor de la gradación de la identidad posible entre yo autorial y yo narrativo, habría que agregar un tercer elemento: la propia protagonista de la novela. La única entrevista televisada que Clarice ofreció en vida se llevó a cabo el mismo año de la publicación de La hora de la estrella y de su muerte. En ella, Clarice menciona que el personaje, una muchacha nordestina que vive en Río de Janeiro, ha sido inspirado en el aire medio perdido de los nordestinos que llegan de vacaciones a Río y también en ella, que se crío en Recife, capital de Pernambuco, estado del nordeste brasileño. Así, el triángulo “yo autorial-yo narrativo-protagonista” conforma una suerte de triple máscara que, ante la pregunta que es leit motiv en la novela –¿quién soy yo?–, obliga a realizar una serie de movimientos excéntricos, lejanos a lo que cierta crítica tradicional consideraría aceptable y, aunque instalados en el fracaso que se anticipa en la dedicatoria, absolutamente necesarios para la lectora de una novela que fascina justamente por su porosidad, por su ambigüedad, por su cerrazón a generar respuestas definitivas, por obligarnos, tal como hace la obra de Anne Carson, por ejemplo, a poner en entredicho ciertas categorías analíticas. Pienso en Albertine. Rutina de ejercicios de Carson, en donde hace una lectura muy particular de La prisionera de Proust a partir de la “teoría de la transposición”. Carson sostiene, a la luz de algunos críticos como Gide, que Albertine podría ser una versión disfrazada de Alfred Agostinelli, el chofer de Proust, de quien este se encontraba perdidamente enamorado. Asimismo, Marcel, el protagonista de la novela, sería una versión enmascarada del propio Proust. Clarice, por su lado, afirma que ella es Rodrigo S.M. y además que Macabea es una representación de su ser y espíritu provincianos. Estas obras, en donde se explicita con menor o mayor fuerza la autorepresentación del autor o de la autora (Marcel nombrando a su personaje Marcel o Clarice diciendo que ella es Rodrigo S.M. en la dedicatoria), parten de una serie de vivencias y por lo tanto constituyen ejemplos de lo que significa la escritura de la experiencia: no se trata de trazar un relato que se amolde a los parámetros canónicos, sino de romperlos gracias justamente a la potencia del cuerpo que ha sentido, del cuerpo ha vivido, del cuerpo escribiente. Y entonces ¿qué quiere decir Lispector cuando escribe “yo” en La hora de la estrella? Los tres integrantes de este ente tripartito son nordestinos. Podríamos partir por ahí para empezar a esbozar una respuesta.

Macabea ha nacido en Alagoas, también estado del nordeste (al que llega la familia de Clarice después de lograr salir de Ucrania, cuando ella tenía alrededor de un año). Por su lado, el narrador confiesa que se ha criado en Recife (que es la ciudad a la que se muda la familia Lispector, cuando deja Maceió después de que la madre de Clarice muriera por efectos de la sífilis). Tanto Macabea como Rodrigo S.M. provienen de una región brasileña que, a los ojos de los estados del sur y de las lógicas de industrialización y poderío económico que ahí predominan, es una región atrasada, de campesinos iletrados, de migrantes judíos (tal como la familia de Clarice). Es la región del sertón, la región de la pobreza inenarrable, la de los grandes bandidos. Sin embargo, los dos personajes provienen de estratos socioeconómicos diferentes: Rodrigo S.M. es un sujeto letrado, de cómoda posición económica, mientras que Macabea es una mecanógrafa pobre que aspira a mejorar de posición respecto de su ascendencia, huérfana, criada por una tía autoritaria y violenta. En lo que sí coinciden es en que ambos son sujetos migrantes en Río de Janeiro y esa es una condición que, a pesar de sus diferencias, en alguna medida los iguala. Toda forma de migración supone una expulsión y una búsqueda. Y aquí nuevamente resuena la pregunta “¿quién soy yo?” como el sustrato último de la búsqueda de estos personajes. En el caso de Rodrigo S.M., la escritura es el espacio ideado para la suya; en el de Macabea, se trata de una búsqueda intrascendente, una búsqueda que no es elástica y que no se precipita hacia el futuro, sino que se instala en el presente: desde la satisfacción de sus necesidades biológicas básicas, hasta la supresión o puesta en paréntesis del superyó que hace que su existencia transcurra aparentemente desprovista de juicios morales o de valor. Las búsquedas de Rodrigo S.M. y de Macabea en la novela acontecen a partir de la consecución, en diferentes planos, de lo que podríamos llamar la experiencia epifánica.

La epifanía acontece en al menos tres niveles: el del narrador, el de Macabea y el de la lectora. En el caso de Rodrigo S.M., se podría decir que alcanza la epifanía en el proceso mismo de la elaboración de su relato. La mayor parte de la nouvelle es en realidad una suerte de reflexión metanarrativa del narrador quien padece la creación de su personaje, quien dice conocerla mejor que nadie pero a quien el personaje parece escapársele por todos lados, parece rebasarlo o superarlo a pesar suyo. El narrador dilata la narración de la anécdota final, como si no fuese capaz de la concreción, y es solo en la última página que esta ocurre. Cuando deja de hacer sus constantes reflexiones en torno a la escritura y a la creación del personaje, cuando se mete de lleno a dar cuenta del episodio final de la visita de Macabea a la bruja sin más interrupciones, cuando se terminan los rodeos y relata la muerte de la protagonista, ocurre su momento epifánico: la historia vivía en él, pero él no la conocía hasta que esta decanta en escritura.

Por su parte, se podría decir que el personaje de Macabea vive más problemáticamente aún su epifanía. Cuando la bruja le lee su suerte y se equivoca al decirle que al salir de ahí encontrará al hombre de su vida, Macabea vive una especie de “antiepifanía”. La bruja, que es en nuestro imaginario la llamada a conocer el futuro de los otros gracias a un poder de orden divino o diabólico –según se prefiera–, irónicamente falla y le dice a Macabea que la mujer que salió antes de que ella entrara estaba llorando porque, según su suerte, un automóvil la atropellaría. La protagonista de la novela está condenada a vivir su epifanía, no por la intercesión de un ser superior que le brinda luz –ya vemos que esa superioridad representada en la bruja se equivoca–, sino encontrándola en su propia materialidad, en este caso la de su cuerpo moribundo después de ser víctima, ella, de un atropellamiento. Decíamos, sin embargo, que su vivencia epifánica es problemática porque no se da al nivel en que se da en Rodrigo S.M. o en la lectora; el registro vital de Macabea es radicalmente otro, ya no el del letrado que quiere tener el control total sobre aquello que escribe, sino el de una mujer cuyas herramientas son menos elaboradas, pero más honestas. Por eso el narrador no la puede aprehender del todo, por eso también se le escapa un poco a la lectora. Ser nordestina significa para los letrados de esta ecuación (Rodrigo S.M. y lectora) no solo la serie de preconceptos que muy brevemente enlisté hace un momento, sino sobre todo ser nordestina significa asumir la vida desde una perspectiva, que puede ser la de la inocencia (tal como propone Clarice en la entrevista a la que me referí antes) o la de una percepción renovada: ella percibe el mundo y sus fenómenos desde una perspectiva en la que queda por fuera la arrogancia lectora y que está marcada sin duda por una sensibilidad regenerada.

“Acabo de descubrir que para ella, excepto Dios, también la realidad era muy poco. Se le daba mejor lo irreal cotidiano, vivía en cámara leeeenta, liebre que saaaalta en el aaaaire por las coooolinas, lo errátil era su mundo terrestre, lo errátil era lo de dentro de la naturaleza” (34). La extensión del sonido de las vocales en este fragmento provocan algo así como una suspensión en el espacio y en el tiempo en la que acontecería ese sustrato de lo irreal que es el privilegiado por Macabea, que está emparentado, me parece, con el que le provoca a Clarice su mayor melancolía y por el que escribe: “El no haber nacido animal es una de mis nostalgias secretas” (citada en Moser 77). Macabea vive en ese estado de lo irreal que está desprovisto en última instancia de las destrezas necesarias para sobrevivir en la realidad. Nuestra autora, por su lado, al decir que anhela ser animal, nos está diciendo quizás que anhela vivir en un espacio-tiempo en donde lo animal que la constituye fuera posible y hasta deseado. En esta misma línea, lo que acontece con Rodrigo S.M. no deja de ser interesante ya que la nouvelle es índice de su lucha, de la lucha que como sujeto letrado su creación, su personaje inaprehensible, le obliga a vivir. Y en el nivel de la lectora, lo propio. Macabea, a pesar de que podría parecer lo contrario, acarrea una importante dosis de complejidad, es un personaje que genera sensaciones encontradas, desde las ansias porque se sacuda ante los abusos que otros personajes ejercen sobre ella, hasta una profunda ternura por su personalidad transparente, por su capacidad de asombro. La posibilidad de pensar el mundo en función de un registro otro –en el caso de Macabea, desde una honestidad y simpleza que sobrecogen– obliga a ver luminosidad donde antes quizás sólo se percibían tinieblas y resistencia a lo diferente. Queda admitir que no se puede no amar a Macabea.

En el plano de la lectora ocurre la experiencia de la desfamiliarizaión. Ese shock acontece con respecto al personaje en su propia vivencia de lo epifánico, pero también con respecto al género novelístico mismo, debido a las constantes intervenciones metaescriturarias del narrador, que en realidad son bastante más que eso, son confesiones íntimas al margen de la anécdota. Y quizás la más intensa de todas es la que hace en la dedicatoria del libro: “Me dedico a la añoranza de mi antigua pobreza, cuando todo era más sobrio y digno, y yo no había comido langosta” (9). Más adelante, el narrador sostiene a propósito de Macabea: “Sólo una vez se hizo una pregunta trágica: ¿quién soy yo? Se asustó tanto que dejó de pensar por completo. Pero yo, que no alcanzo a ser ella, siento que vivo para nada. Soy gratuito y pago las cuentas de la luz, el gas y el teléfono. En cuanto a ella, de vez en cuando, cuando cobraba su salario, hasta se compraba una rosa” (32). La añoranza de la antigua pobreza, de la dignidad perdida y la exaltación de la protagonista porque con su salario compra una rosa, gesto inútil o romántico según la lógica de la producción o del ahorro, en úlitma instancia, me parece que revela una forma de resistencia a las prácticas que en la modernidad capitalista obligan a todes a entrar en la carrera contra reloj por la acumulación desmedida. Lo interesante en la novela es que esa acumulación no se da solo en la forma del poder económico o político, sino también en la de ciertos conocimientos o saberes que en apariencia buscarían distanciarnos de esa carrera, pero que terminan siendo cooptados e introduciéndonos irremediablemente en ella.

Reformulo la pregunta inicial: ¿qué quiere decir Clarice cuando dice “yo” en La hora de la estrella? Quiere decir Macabea, quiere decir Rodrigo S.M., quiere decir Clarice, quiere decir nordestina. Ese yo explosiona. No se podría hablar de un continuum entre personajes y autora, sino de una explosión, una salpicadura que produce contagio. No creo que Clarice necesariamente hace una idealización de la nordestina, sino que constata que en nuestra estructura identitaria se preserva un sustrato al que podemos volver para respirar porque es primario y porque está desprovisto de las pesadas capas con las que nos vamos cubriendo ante la estupefacción, el miedo, el desánimo que nos provoca la comprensión, el aprendizaje de las formas de interacción social que tristemente dominan en el mundo.


Textos citados

Lispector, Clarice. La hora de la estrella. Buenos Aires: El cuenco de plata, 2011.

Moser, Benjamin. Por qué este mundo: Una biografía de Clarice Lispector. Madrid: Siruela, 2017.

Olney, James. “Autobiography and the Cultural Moment: A Thematic, Historical and Bibliographical Introduction.” Autobiography. Essays Theoretical and Critical. Ed. James Olney. Princeton: Princeton University Press, 1980. 3-27.

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