Daniela

Por Daniela Alcívar Bellolio
Instituto de Literatura Hispanoamericana
Universidad de Buenos Aires

¿Qué es lo contemporáneo? La pregunta se la hizo, entre otros, Giorgio Agamben, y a la luz de las respuestas esquivas ensayadas por el pensador italiano es que quiero pensar la contemporaneidad de esta propuesta colectiva, perpetrada desde ese afecto fundamental y radicalmente ambiguo que es la amistad. Ser contemporáneo, dice Agamben, es sobre todo una exigencia. Acude a Nietzsche, ineludible: lo contemporáneo es lo intempestivo. Pero: ¿cómo lo intempestivo, es decir lo impredecible, lo advenedizo, lo involuntario por definición, puede ser una exigencia? ¿Cómo exigirse algo que no puede ser sino extemporáneo y casual, algo que escapa completamente a los planes y los programas?

Pienso en el valor ético de la intempestividad, o más precisamente, en las posibilidades de autodiferenciación que lo intempestivo del acontecimiento es capaz de abrir en mí y en mi entorno afectivo. Ahí, entonces, aparece esta idea de linaje estoico-nietszcheano-deleuziano: cuidar del acontecimiento. Dice el ensayista argentino Alberto Giordano: “Nuestra cultura del acontecimiento –la prueba más severa a la que debió someterse la voluntad de unificación– nos hace olvidar a veces que el trato con lo imprevisto no reclama pronunciamientos y sí responsabilidad, la decisión de cuidar de lo que sucede para encarnarlo en conceptos y proposiciones que inquieten la estabilización moral del sentido”.

La exigencia, entonces, la responsabilidad relativa a lo intempestivo, tendría que ver con la importancia de cuidar de aquello que ocurre sin nuestra intervención, sostener la mirada en el acontecimiento, alegre o abyecto, no para adoptar moralmente ningún aleccionamiento, sino para transitar esa aparición soberana –porque no puede ser cuestionada, porque simplemente ocurrió– con el cuerpo dispuesto y abierto a recibir y transformar activamente sus embates. Esta idea estoica convierte el padecimiento (la alegría también puede padecerse si no se es capaz de apropiarse de su fugacidad y de la estela melancólica que deja siempre, indefectiblemente) en un trabajo activo, el trabajo de cuidar de eso que ha ocurrido, es decir de experimentar intensamente sus pormenores, sus lugares intransitables, todos los reductos en que no hay moraleja que extraer, porque es ahí donde se manifiesta la vida, su fuerza anónima y arrebatada, su impersonal manera de afectarnos.

Nada posibilita este aprendizaje tanto como la experiencia del duelo. Pienso lo contemporáneo porque la ausencia de mi hijo es, más que cualquier otra cosa, un misterio que me apela y que no puedo obliterar en la medida en que se manifiesta carnalmente en mi cuerpo. Pienso lo contemporáneo porque no existe presencia más verdadera y material que la de mi hijo que no está, y su imagen se actualiza efectivamente, intempestivamente, para hacerme sentir la violencia estúpida de las cosas, su modo raro de acontecer, las formas abstrusas en que la vida se manifiesta en su carrera loca y arrasadora, ajena a todo salvo a su propio movimiento incesante y extraño al sentido. Para hacerme sentir las variables más intensas del amor. “La muerte de un hijo siempre es ciencia ficción”, escribió Ariana Harwicz: quiero pensar en lo contemporáneo porque para cuidar del acontecimiento de la muerte de un hijo –esto es, de una parte inalienable del propio cuerpo y de la propia vida– es necesario abrirse a ese paisaje imposible que es el de la confluencia de tiempos y afectos heterogéneos, de irresoluble convivencia, terrible y vibrante ante la mirada.

“La contemporaneidad es, entonces –dice Agamben–, una singular relación con el propio tiempo, que adhiere a él y, a la vez, toma distancia; más precisamente, es aquella relación con el tiempo que adhiere a él a través de un desfasaje y un anacronismo”. Si todo lo importante lo entiendo como un encuentro, si todos los afectos alegres –incluso el amor, incluso el erotismo– terminan por resumirse, para mí, en la amistad, si el único sentido de la vida se esparce y desparrama en la ilegible (solo visible) red de afectos que forma toda existencia, pensar lo contemporáneo de esta propuesta, Sycorax, tiene que ver necesariamente, para mí, con el contingente de articulaciones amorosas y amistosas que habita todo lo importante.

Lo contemporáneo es un encuentro en el desfasaje, es una sincronía fugaz en el vasto territorio del desencuentro. ¿Existe un modo mejor de definir a la amistad? En un paisaje interminable de desacompasamientos, la amistad es la escaramuza de dos extrañezas, ese modo inexplicable en que alguien reconoce en la rareza del otro la suya propia, y entiende entonces algo de sí mismo. Conocimiento menor, efímero e inarticulable: fundamental. Entonces, Sycorax aparece de este modo singular, tramado al ritmo sincopado de los cuerpos de cinco mujeres, de cinco amigas, cuerpos ateridos y deseantes, ávidos, vulnerables y en empecinada carrera hacia el misterio. Lo contemporáneo de Sycorax aparece en los desfases de esta comunidad que se des-obra, en la heterogeneidad de nuestras políticas afectivas, en el ímpetu obstinado en ir hacia la incógnita del encuentro, en la entereza compartida a la que apostamos ante la posibilidad siempre latente de la pérdida. Sycorax es una intervención cultural y un posicionamiento político (toda amistad lo es en cierto sentido), pero es sobre todo un modo amoroso de perder lo cierto en el mar inescrutable de lo común, esa incerteza peligrosa, esa aventura hacia lo posible, esa apuesta sin garantías al futuro, acontecimiento insondable, núcleo móvil que jugamos a habitar.

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